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Habitar el fuego: "Llena eres de gracia" de Yosselin Islas

Habitar el fuego: "Llena eres de gracia" de Yosselin Islas

Publicado el 2021-02-26 14:17:29

En el texto Xenofeminismo: Una política por la alienación podemos leer la siguiente frase “…nada es tan sagrado que no pueda ser rediseñado y transformado para ampliar la libertad…”. Esas palabras venían a mi cabeza una y otra vez mientras leía las que constituyen el libro Llena eres de gracia (ABLUCIONISTAS, 2021), ópera prima de la joven poeta, abogada y activista Yosselin Islas. La primera impresión que ha provocado el libro, entre los que hemos podido tener Llena eres de gracia entre las manos, ha sido intensa: en la portada aparece la estatua de una virgen en llamas, capturada por el fotógrafo Sebastián Silva durante las protestas feministas que se dieron lugar en Chile durante el año 2019. Pocas veces me he encontrado con una portada que se relacione de manera tan fiel con el título de una obra y con su esencia, su contenido. Desde ese primer encuentro visual se augura el incendio, o más bien, los incendios que se avecinan. Un fuego dispuesto a reducir a cenizas todo aquello que toca. Y de esas cenizas resurgirá un mundo distinto, un lector distinto.


Decía que son distintos fuegos los que arden en la carta de presentación poética de Yosselin. Fuegos en los que es necesario arder. Fuegos que quizás añoraremos después, intentando volver a ellos. Y también cenizas que no nos gustaría que dejaran de serlo. El primero de esos fuegos es aquel que se enciende sobre la idea que tenemos de Dios y de sus planes en apariencia incuestionables. En uno de los poemas podemos leer, casi como una definición de esa deidad a la que la poeta se refiere: “padre que no tolera la rebelión de sus hijos ante sus designios”. Un Dios, el Dios de las religiones y los dogmas, cuya voluntad no puede ser negada, cuestionada, ni subvertida.


Tenemos aquí que brindar un poco de contexto: Yosselin está escribiendo sobre el aborto. Y vuelve a brillar la frase del manifiesto xenofeminista con la que abrí este texto: “…nada es tan sagrado que no pueda ser rediseñado y transformado para ampliar la libertad…”. Esto lo tiene claro la lucha social de la que Yosselin es partícipe. Lo tienen claro la mayoría de las personas sensatas que conozco. Sin embargo —y esto lo digo en la más estricta calidad de observador— la interrupción del embarazo es una de las manifestaciones que más directamente contradicen la voluntad de un Dios, misma voluntad que reproducen los sectores más conservadores de la población. Entonces Dios se presenta como un obstáculo, de fe y de cultura, al que la voz poética de Llena eres de gracia se enfrenta, no sin vulnerabilidad y tampoco absolutamente librada de culpa.


La lucha que Yosselin y muchas otras personas respaldan no es únicamente una lucha en favor de los derechos humanos. Es una lucha cultural, una fractura con la versión del mundo que nos vendieron durante nuestros años formativos. Una lucha que, al abarcar tantos espectros, no puede escapar a la poesía. Y en Llena eres de gracia esa lucha adquiere una dimensión íntima, humana, que está mucho más allá de las ideas y de las consignas. Una lucha que es la de alguien que se reformula por completo su cosmovisión y sus creencias. Una lucha que implica no sólo una ruptura con la iglesia o la ineptitud, sino con la idea misma que tenemos de lo que nosotros somos. Un proceso que implica recuperar, de manera simbólica y real, el propio cuerpo secuestrado por el poder (religioso y político) que parece incapaz de responder a las demandas y necesidades más actuales de la sociedad:

 

         Mis ojos puestos en la lámpara,

         con un cuerpo manipulado,

         de todos menos mío,

         que no me pertenecía.

 

Esta suerte de comentario social filtrado por el lirismo no se limita únicamente a lo anterior, no duda en excavar más hondo. Sabemos que todos tenemos derecho a la vida, pero ¿qué hay de nuestro derecho a la muerte?. Los siguientes versos funcionan como puente para llegar al siguiente incendio: “¡cómo quedarme en esta vida, si estoy unida a lo que perece, / cómo vivir la vida, si no es unida a tu muerte!”. Esa muerte que sucede al interior del vientre, esa muerte que se lleva dentro, pareciera introducir la siguiente reformulación ideológica, la siguiente ruptura que atestiguaremos mientras avanza nuestra lectura. El suicido ha sido abordado de distintas maneras en años recientes y pasados. Interpretado como un pecado según la fe católica, y por la ciencia como la confirmación ineludible del total caos psíquico. Si embargo, no soy el único ni el primero en abogar por una interpretación de la depresión, y de lo que parece ser su manifestación última, que se expanda más allá del pecado o la supuesta locura. En algunos poemas podemos leer sobre “…la prerrogativa de elegir / cuándo es suficiente, / cuánto estás dispuesto a cargar”, y “que si la vida no ha sido digna, la muerte es un camino para / reconciliarse”.


¿Es posible que alguien pueda pensar “no era para mí, esta vida no era para mí”, sin que se le niegue el paraíso o se le interne en un psiquiátrico? Algunos creemos que sí. Que tenemos derecho sobre la muerte —negación de la voluntad del divino, reafirmación de lo inevitable—, tanto como lo tenemos a la vida. Que podemos decidir. Y que esa decisión no sea la consecuencia de un pobre acceso a servicios públicos de salud mental (a menudo insuficientes), ni de un sistema económico insostenible que nos pone constantemente al límite, ni del estigma impuesto por la ignorancia. Y aunque no escape a interpretaciones filosóficas, a reflexiones más allá de lo estrictamente literario, es bueno tener en mente que Llena eres de gracia no es un tratado, es un libro de poesía. Una pieza de arte literario que explora estas ideas desde las entrañas y no desde la ran. Que solamente prende la chispa para que esos pensamientos estallen, sí. Que da pie a distintos niveles de lectura y que eso evidencia una de sus principales virtudes. Estamos frente a una serie de poemas adentro de los cuales es posible cortar, con el filo del lenguaje, las venas de un cuerpo que ya es nuestro. O podemos solo seguir leyendo.


El poder redentor de la muerte que se vuelve explícito al leer: “ansío el día en que mi respirar se detenga y vuelva a ser yo, solamente yo, como lo recuerdo” da pie al siguiente incendio del libro: el de la memoria y el lenguaje. Leemos:

 

         Evito riesgos. No es cobardía,

         es exceso de memoria;

         disfruto de volver a las palabras

         recordatorios de lugares que no debo pisar.

 

Que las palabras “den forma y permanencia” al infortunio, que sean “un lugar de reposo para llenar de flores”, que permitan negar la “injerencia De Dios”. El lenguaje como espacio de libertad ante el abismo, mismo abismo que conocemos y nombramos a través de palabras que liberan y aprisionan al mismo tiempo. Como “una ausencia que abraza”, la contradicción también permea la manera en la que la voz poética de Yosselin delinea el concepto de memoria, que primero nos evita la caída y nos protege, y luego se nos muestra como obstáculo, como una carga de la que valdría la pena deshacerse:

 

         Con el filo en la mano, corto mi cabello,

         necesito deshacer el peso en mi memoria

         para terminar así, la inoportuna unión

         a tu cuerpo.

 

Existe el reposo que las palabras brindan cuando sucede la catarsis, pero existe también “la lucidez del silencio”. La memoria duele y rescata. No es una cuestión de blanco o negro. No hay respuestas, o si las hay no interesan. Hay, en Llena eres de gracia, la posibilidad de plantear nuevas preguntas. Quizás la salvación es descubrir que no existe salvación. O mejor: salvarnos es poder seguir colocando el signo de interrogación al final de todo. Todo es cuestionable, recordemos. Y si hemos de vivir, que sea para poder seguir haciéndonos preguntas: “me iré cuando las preguntas / ya no sean suficientes / para sostenerme.”


La poesía y el lenguaje como herramienta para conectar con aquello, lo otro, que nos sostiene cuando ya no tenemos fuerza para seguir de pie. Ese otro, ser sin nombre, posibilidad del ser, que también somos. Que en ocasiones nos da soporte aunque no debería. Un confort que tiene su raíz en dogmas de los cuales es necesario desprendernos. Buscar “ocupar la vasija desierta, / aquella que obstinada intento llenar / aún conociendo cada una de sus grietas”. Buscar en el otro, en la promesa que nos vendieron, en aquello de lo que intentamos escapar, algo que nos detenga, “algo que” nos “sujete del desplome”, pues hay caminos que es necesario desandar y no siempre es sencillo dar la vuelta.


En Llena eres de gracia arden múltiples fuegos que consumen las interpretaciones conservadoras y puritanas que se han hecho del aborto, la depresión y el suicidio. Arde también la frágil lógica del lenguaje y la memoria cuando se enfrentan a la poesía. Incendios que son colectivos precisamente por su cualidad tan íntima. En el libro conviven un ímpetu de negar lo establecido y la dificultad de deshacerse por completo de ello, de no poder hacerlo sin culpa. Pero esa culpa, lo sabemos, no nos corresponde: es heredada y desconfigurarla es una tarea compartida. Pienso que si el arte es entrañable, es porque no es necesariamente lógico. La poesía, dicen varios, es mucho más embriaguez que cordura. Embriaguez que permite, e incluso necesita de la contradicción, esa cualidad tan inherentemente humana. Cerca del final, la voz poética de Yosse recuerda la resaca resultante de esa intoxicación. Misma resaca que es posible sentir cuando el libro termina, cuando termina ese

 

         …brindis con el que despedimos

         lo que no somos

         y la promesa de lo que no seremos,

         pero hubiéramos querido ser.

 

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