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Poesía y máquinas

Poesía y máquinas

Publicado el 2021-03-30 14:33:50

“A veces no sé si el Doctor es científico, poeta, niño o simplemente un imbécil. 

Un científico imbécil que encontró en la poesía el procedimiento para recuperar su niñez.”

Pegaso Zorokin, Gerardo Arana Villarreal


Tenía dieciocho años y muy poca idea de lo que quería hacer con mi vida. Estudiaba la preparatoria y durante las horas libres alimentaba mi confusión leyendo en la biblioteca del campus. Tenía calificaciones decentes y pocos amigos. Creía que era mucho más inteligente de lo que soy. Me poseía un interés por la ciencia encendido por Carl Sagan y mi amigo Luis Rodolfo. Siempre fui un lector dedicado, el asma no me permitía hacer mucho más cuando niño. En la adolescencia comencé a leer literatura “en serio”, y en las clases de Alfonso y el profe Skinfield se detonó la obsesión por la poesía. Comencé a escribirla. En la biblioteca, durante horas: poesía y divulgación de la ciencia. Los primeros horribles versos guardados con recelo, compartidos con uno o dos inadaptados como yo. Luego gané ese premio con unos poemas que me gustaría borrar, y mi interés por la ciencia no desapareció, pero pasó a segundo plano. No estudié física ni tampoco esa otra ingeniería que prometía tanto. Primero la carrera de letras, inconclusa. Luego terminé la de filosofía, pero principalmente, como una obsesión: leer y escribir.

Escribo estas palabras en el teclado de una computadora. Tecnología: ciencia aplicada. Ingeniería: ingenio tangible. El “progreso” tecnológico va marcando las pautas, trazando las fronteras dentro de las cuales la cultura se desarrolla. Primero líneas sobre la arcilla, enseguida la caligrafía y los pergaminos, luego caracteres impresos sobre el papel. De Gutenberg hacia acá, la proliferación de los libros y los periódicos: la cultura del objeto, las cuatro esquinas de la página. Todavía me tocó vivir el protagonismo del libro en tanto ente cultural de primerísima importancia: las enciclopedias y los dedos cortados al pasar mal la hoja. En la secundaria: taller de mecanografía. Máquinas de escribir, tecleo ruidoso, equivocarse y volver a comenzar desde el principio. El dolor en los dedos al atorarse entre la A y la S del QWERTY. Ahora: pantallas. La cultura se gesta y se consume atravesando el campo visual entre la luz LED y la pupila.

Lejos quedó la cultura de la piedra de Rosetta, de la arcilla, del pergamino. Lejos quedó la cultura de los tiempos de la imprenta. Distintas maneras de ver y comprender el mundo, a nosotros mismos. La poesía ha permanecido porque ha podido cambiar y moldearse a las modificaciones que las técnicas de su producción y distribución exigen. Mi historia con ella ha sido la de una transición: del papel a la pantalla. Siempre he escrito en una computadora (tomo notas a mano, pero edito en mi laptop), aunque no siempre he escrito para-la-pantalla. Internet en tanto plataforma literaria y medio de distribución nos permite ir más allá del texto, esto se ha dicho mucho. De la videopoesía a la programación-interactividad, de la experimentación sonora poesía-en-voz-alta.mp3 a experiencias de realidad aumentada. Los límites son otros, el papel se antoja plano. Y como se ha dicho: las nuevas tecnologías no generan necesariamente nuevas ideas. No siempre.

¿Pero qué sucede cuando la máquina pasa de ser el instrumento de la producción poética a ser artífice, a ser autor? Tras la revolución conceptualista que pretendió abolir la noción de autor como genio original, y convertir al artista en sampleador, remixer, curador de ideas de alguien más, aparece otro cambio profundo: las Inteligencias Artificiales. Octavio Paz decía, en su ensayo La nueva analogía: poesía y tecnología, que la poesía no puede automatizarse: que la esencia del poema radica en que no es intercambiable, sino único. Que la poesía, decía, es cosa de humanos y no de máquinas. Y, bueno, que no se pierda la bonita costumbre de negar a Paz: las máquinas están escribiendo poesía. Y no lo hacen nada mal.

 El trabajo no sólo necesita automatizarse, sino abolirse. Que las máquinas hagan el trabajo y nosotros cobremos, que tengamos acceso al ocio creador que  desemboca en las filosofías y los cambios profundos en lo social. Pero, ¿y si se automatiza ese no-trabajo relacionado a la producción artística y literaria?, ¿se borran las fronteras entre eso que es ser-humano y aquello que es ser-máquina?, ¿qué tan lejos está la escritura literaria de la escritura del código que programa las máquinas escribientes, si al final se trata de caracteres que, acomodados de tal o cual modo, producen determinado efecto? En este artículo publicado por el New Yorker, Dan Rockmore traza un paralelo entre el proceso bajo el cual los jóvenes aprenden a escribir rimas, a dibujar sonetos, guiados por una serie de instrucciones, con los procedimientos a través de los cuales las redes neuronales profundas son nutridas de la información necesaria para producir los ¿mismos? resultados. El resultado se conoce como “aprendizaje profundo”. La máquina necesita muchos más datos que el cerebro de un adolescente. La inteligencia artificial necesita ser escrita y nutrida para llegar al mismo punto, a ese poema que usualmente requeriría haber leído un par de libros y memorizado ciertas estructuras (además de la experiencia cotidiana del lenguaje). 

La arquitectura de las redes neuronales fue creada y nombrada a partir del funcionamiento de nuestros cerebros orgánicos. Es la tecnología detrás de muchas de las aplicaciones que usamos hoy en día. Para verla en acción, en el rubro específico de la escritura de poesía, repasemos algunos ejemplos recientes que nos ayudarán a testificar las similitudes o distancias existentes entre las capacidades de la pluma humana y la pluma robot. GPT-2 es, según expone Dennis Tang en este artículo, un programa de inteligencia artificial basado en el lenguaje y desarrollado por la firma Open AI, de San Francisco. El programa, alimentado de un corpus que consta de ocho millones de sitios web, es capaz de completar poemas de autores canónicos con sólo unos versos a manera de introducción.

Still I Rise

(Maya Angelou ft. GPT-2)


Puedes escribirme en la historia

Con tus amargas y torcidas mentiras,

Puedes pisotearme en el mismísimo suelo

Y aun así, como el polvo, me alzaré.


Yo hablaré, porque mi voz será escuchada.

Yo cantaré, porque mi voz será escuchada, mi canción será cantada.

Yo danzaré, porque mi danza no tiene fin

Y mis palabras serán dichas, porque mis palabras no tendrán fin.


Lloraré, porque mis lágrimas no tendrán fin

Y mi voz se volverá inmortal.

(Texto en negritas: versos originales; texto en itálicas: versos de la IA)

El programa es capaz de completar y emular la voz, hasta cierto punto, del poema esbozado. Para Dan resulta notoria la predilección de la IA por el estilo, más allá del contenido o la substancia. Como si la máquina interpretara la poesía como simples combinaciones de palabras, verbos y sustantivos acomodados de un modo particular. En cuanto al contenido, sólo algunos chispazos de lucidez robótica, dice. Esto no es muy distinto al trabajo de ciertos poetas recientes, con el cual no estoy, francamente, en desacuerdo. Dennis sostiene que esto se debe a una ausencia de cuerpo, de experiencia sensorial auténtica por parte del programa. Entonces el ejercicio poético se limita a la imitación de un estilo previamente sugerido, imitación no poco bien lograda.

El siguiente caso: Hafez, desarrollado por Marjan Ghazvininejad, es un poeta IA nombrado así a partir del su colega de origen persa. Recopila información no sólo de poemas disponibles en internet (asombrosamente insuficientes), sino de letras de canciones por igual. En un principio ofrecía mezclas, variaciones de palabras leídas y procesadas, distribuidas de otro modo, pero eventualmente comenzó a generar obra “original”, arrojando combinaciones de palabras que sólo aparecen una vez o dos en las búsquedas de Google. Después de algún tiempo de entrenamiento y práctica, perfeccionó su coherencia y estilo. Sí: estilo, cualidad tan propia de la configuración personal, humana, de aquel que escribe. Sin embargo, seguía siendo posible distinguir sus poemas de aquellos escritos por un ser de carne y hueso, al menos según los criterios del Turing Test. A continuación, el fragmento de un poema de Hafez:

(…) Una nación sin rostro bajo un constante apuro,

Sin ninguna otra curiosidad.

O quizás atravesando la ecuación de onda.

Un motor ancestral que no ofrece ímpetu alguno,

Sobre el poder de una vieja vibración,

Y nada más que una pizca de veneno.

Envuelto por un pecado Omega T,

Al otro lado de ti y de mí.

Ahora, el último ejemplo: GPT-3. Se trata, evidentemente, del sucesor de GPT-2. El programa, obra de la firma Open AI antes mencionada, fue alimentado con muchos más datos que su versión anterior: 570 GB. Cabe aquí mencionar que unos de los peligros que alertaron a los programadores de esta y la anterior versión del programa fue la creciente inclinación del software a la escritura y difusión de fake news. No sólo poesía, GPT-2 y 3 producen todo tipo de texto. Las máquinas sueñan, escriben poesía y también mienten. Suena familiar. Según cuenta Duncan Anderson en esta entrada de blog, cuando le fue solicitado al programa escribir un poema sobre el COVID-19, este fue el resultado:

Covid-19

Es un largo, largo camino hasta el otro lado

De la cerca

Y yo estoy cansado de vivir

En una casa que se incendia

Conciso y orgánico. Yo no podría distinguir si fue escrito por un humano o un software programado por un humano. Todo esto pone sobre la mesa una reflexión necesaria: hay que reconfigurar nuestras nociones de autoría. Aquí se desnuda la ilusión de la inspiración y el genio. La escritura se nos presenta como el proceso de escritura. Escribir es eso: escribir, sin añadiduras románticas. Algo que una máquina puede reproducir sin problemas. ¿Deberían las máquinas escribir como escribimos nosotros? Dan Rockmore insiste en que sería mucho más interesante que las IAs escriban poemas de IAs y las personas poemas de personas. Que, a través de la autoría que implica configurar a las máquinas para que estas escriban, el trabajo del autómata virtual sea una mera herramienta para producir obras literarias a través del filtro de la IA. Esto es: la colaboración entre humano y computadora que me permite escribir estas líneas, pero llevada el extremo. Un cambio en nuestra manera de entender el trabajo, de entender el arte. Una evolución conjunta, entre computadora y cerebro humano. Que se complementen y se expandan las categorías. Mientras aprendemos sobre las IAs, aprendemos sobre nosotros. Termino de escribir este texto y pienso: a fin de cuentas, ya somos de algún modo cyborgs. Luego busco en mi celular la ubicación del sitio al que me dirijo y Facebook me notifica de un recuerdo que había olvidado por completo.

*las traducciones de los poemas son mías


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