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Ruptura y encuentro

Ruptura y encuentro

Publicado el 2021-03-30 14:41:25

Entre las décadas de 1950 y 1970 el arte mexicano vio abrirse una grieta. Vicente Rojo, Lilia Carrillo, José Luis Cuevas, Juan Soriano, Pedro Coronel, Manuel Felguérez entre otros, empujaron las estructuras predominantes en el arte de aquel tiempo, dando paso a una nueva generación: la generación de “La Ruptura”. Esto implicó la transformación del panorama en aquel entonces consolidado. Después de 30 años, el muralismo mexicano conoció a su sucesor. 

Pensar el concepto de “ruptura” es apto no sólo en el contexto del arte, también cabe en el contexto del psicoanálisis y la constitución del sujeto ¿Qué nos lleva a romper, a separarnos? El crecimiento, la necesidad y el derecho a la identidad. El muralismo mexicano había sido el principal representante del arte en el país y a nivel internacional desde los años veinte con los tres grandes muralistas al frente: Siqueiros, Rivera y Orozco. Legado que aún hoy en día habita y da vida a algunos de los recintos más imponentes de nuestro territorio. En cada encuentro con sus formas, trazos y colores nos narra aún las vidas y acontecer del México posrevolucionario, se despliega ante nosotros el contexto sociopolítico de aquellos tiempos. Son obras que mantienen vivo el eco de aquel país en llamas.  

La nueva generación se sentía atrapada por los estrechos preceptos que el muralismo sostenía y que sus maestros perpetuaban en relación con las temáticas, los estilos y técnicas. Rivera, Orozco y Siqueiros fueron revolucionarios en sus inicios, pero se había instaurado en torno a ellos un estilo dogmático de hacer arte dejando poco sitio a nuevas expresiones e historias. Los artistas emergentes querían volver al arte por el arte, exigían que se respetara la voz única de cada uno y su estilo. Pretendían dar pasos fuera de aquellos límites de lo que se había estado haciendo en las últimas décadas. Es importante subrayar que no se trató únicamente de romper con lo establecido con el mero fin de romper, sino que esta ruptura tenía que ver con abrir una grieta que permitiera el paso a un nuevo panorama, a una nueva interpretación cultural identitaria. Defendían, sobre todo, las diversas identidades:

Más que atenerse a un vocabulario visual determinado, esta generación valoraba la libertad de poder experimentar y diferenciarse, unidos bajo una filosofía común que destronaba a la necesidad de reflejar una identidad nacional mexicana a través del arte. Por lo tanto, cada artista desarrolló una estética propia que variaba desde la abstracción hasta el arte neofigurativo, permitiendo la reinserción de variadas y diversas perspectivas dentro del canon del arte moderno mexicano.1

Ante un panorama tan establecido, tan consolidado y sólido, sólo había una forma de buscar y posibilitar otros caminos. Romper. Romper implica un ejercicio agudo, intenso. No es una evolución gradual, no es un proceso en el que se va mezclado entre lo previo y lo sucesivo hasta que damos cuenta de que se ha formulado algo nuevo. Romper. Separar. Toda separación implica un tipo y grado de violencia, una fuerza. Sólo a través de una ruptura, fueron capaces de dar a luz a una nueva visión, una nueva forma de hacer y ser. La identidad del sujeto nace también de una serie de rupturas que llevamos a cabo desde que nacemos. Rompemos con otros, rompemos a veces con nosotros mismos, rompemos con la idea que tienen otros de nosotros y a veces con ideas que creíamos tener sobre nosotros. Es un camino de rupturas. Rupturas particularmente evidentes durante la adolescencia que se acompañan de reencuentros con partes de nuestra infancia e historia de vida. 

Si bien la ruptura es un paso esencial, es verdad que se dará en diferentes grados, formas y momentos de acuerdo con el sujeto. En algunos casos, éste tendrá un mundo interno que le permita reorganizarse a pesar de estas turbulentas rupturas, en otros no contará con recursos internos y podrá verse desbordado por la vorágine, no será infrecuente que en estos últimos la conducta transgresiva se vuelva predominante. Tanto en las rupturas del sujeto como en la generación de “La Ruptura”, la mira está puesta en el derecho y la necesidad de ser. Esto transformó al arte mexicano, el movimiento no instauró un estilo único o una ideología uniforme. Lo que los unió fue la necesidad de encontrar y consolidar cada estilo individual, plasmar lo propio y comunicarse con el lenguaje de cada uno.

Todos rompemos constantemente, la necesidad de romper es, en el fondo, la naturaleza de búsqueda que nos conduce. Búsqueda de conexión, búsqueda de identidad, del derecho a existir y ser reconocido fuera de los límites ajenos y en los propios términos. Aquel que rompe está tratando de encontrarse. Sólo se nace si hay ruptura, sólo se crece si hay ruptura, sólo se encuentra atravesando las grietas y las ranuras de lo que parece ser certeza. Para Vicente Rojo “La Ruptura” fue una forma de continuidad. Su legado será su continuidad.

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1. Inter-American Development Bank. (2021). Resistiendo la exclusión: ruptura y rebelión en el arte mexicano del siglo XX. Obtenido de Google Arts & Culture


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