Logo_Alviso
Logo_Alviso
Un espejo que se pasea

Un espejo que se pasea

Publicado el 2021-04-26 15:09:59

Recientemente traté el tema de la censura y de la nueva iglesia, un ojo al pasado y otro a Netflix. Pasolini y Flaubert, Lawrence y Godard, cruzaban sus destinos con la hoja filosa del Poder: cortes, juicios, la película de Bertolucci que fue condenada a la hoguera, sin comillas… Retomo el argumento.

Un hilo rojo unía las experiencias de aquellos autores, y sus obras, con la censura: la inteligencia de los acusadores. Aclaro. Los censores hacen su trabajo, infame, pérfido, servil; pero lo hacen bien en función de su objetivo, eso es reconocer las ideas perniciosas para un determinado statu quo y por ende cohibir con mano firme cualquier desacato o reflexión que abra una brecha en los principios del orden instaurado, sea político, social o religioso; ideológico, en fin. Flaubert, con Madame Bovary, profanaba la legítima razón del novelista, la diligencia de su arbitraje sobre el mundo, su visión y veredicto. El narrador de Madame Bovary observaba y escuchaba a los personajes actuando y pensando, sin opinar, sin asignar premios o castigos dictados por una conducta normativa. Nadie se salvaba, frente a la moral vigente; mas nadie resultó condenado por la pluma de Flaubert. Su acusador lo vio y lo gritó a quemarropa en el aula del tribunal. La absolución de la novela y de su autor sentó un parteaguas en la historia del punto de vista y del arte de narrar. Si el censor defendía valores hoy indefendibles, lo hizo con la quirúrgica mirada de quien distinguía la fractura y sus dables consecuencias, que son la forma y la sustancia de la novela moderna. 

Un caso análogo es la condena a la hoguera, en Italia, de Último tango en París. La película salió en 1972. En 1970 fue aprobada la ley sobre el divorcio y en 1974 se celebró un referéndum, convocado por las fuerzas reaccionarias, con el intento de abrogarla. El capital en juego era la Familia y su puesta en discusión. El carácter subversivo de la película de Bertolucci no arraiga, como alegó la acusación, en la plétora de sexo o en la escena de la mantequilla usada para sodomizar al personaje de Maria Schneider mientras el de Marlon Brando pronuncia un “discurso sobre la Familia”: la fuerza intolerable de Último tango radica en el pacto de una mujer y un hombre, Jeanne y Paul, que se citan en un departamento y no se conocen: “No names here”. Amarse, confesarse, entregarse hasta los límites físicos del cuerpo sin nombre, familia, vínculos ni fines… El único fin es el deseo de conocerse a través de la demanda del placer. Intolerable. Entonces, se usó la mantequilla para introducir la condena por un conducto falso, la pornografía, cuando el objetivo era levantar un dique contra una promesa temeraria: nada de nombres.

Punto de vista en Flaubert, o crisis del monopolio social de la familia en la película de Bertolucci, el motivo de fondo es la postura del autor, y de la obra, hacia un preciso horizonte que es, a la vez, materia prima y clave de interpretación: el juicio moral era parte viva de la sociedad de Emma Bovary; la idea de familia, indisoluble o no, representaba el núcleo de la deserción de Jeanne y Paul. ¿Cuál es, por tanto, el grado de participación del artista en la trama de la realidad, entonces como ahora? 

El caso de Flaubert demuestra que la omisión del juicio era un acto revolucionario en un contexto que hacía del juicio un arma letal para el pensamiento: la hoja filosa de la inteligencia penetraba en la máscara de un pueblo y mostraba su rostro en un severo autorretrato. La censura, al condenar el hecho de no condenar, se condenaba a ser inquisidora de sí misma, porque mostraba el punto enfermo del mundo que pretendía defender. 

El arte de decir sin señalar, la virtud de poner en escena sin estar, casi sin ver, la denuncia de las cosas por las cosas, es un dilema, una incógnita, una meta, tal vez una utopía, ciertamente un capítulo abierto de la novela inconclusa de la realidad. Unas décadas antes de Flaubert, Stendhal formuló el tema con visionaria precisión: “Una novela es un espejo que se pasea por un largo camino. Ora refleja ante nuestros ojos el azul de los cielos, ora el fango de los charcos del camino. ¿Por qué acusar de inmoral al hombre que lleva el espejo en su mochila? ¡Su espejo muestra el fango, y acusan al espejo! Acusad más bien al largo camino donde se encuentra el charco, o mejor aún al inspector de caminos que deja que se encharque el agua y se forme el fango.” (Rojo y Negro, parte II, cap. 19, traducción de Consuelo Berges, Alianza editorial).

Hoy, ¿qué reflejan las imágenes de Netflix?


Suscríbete a nuestro Boletín