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El amor, cactus, Instagram y la poesía

El amor, cactus, Instagram y la poesía

Publicado el 2021-04-26 15:20:22

Algo que muere antes de que podamos darnos cuenta. Rocas que caen desde el espacio. Algo que se extingue o evoluciona a un grado en que resulta imposible rastrear su origen. Algo que termina, pero no termina nunca. La arquitectura implicada en la restauración de un ramo de rosas semi podridas. Cosas que deseamos sabiendo que nos harán sentir miserables. Todo esto sucede al interior de A veces el amor es un cactus (Osa Menor, 2019), primer libro de poemas de Andrea Muriel (Ciudad de México, 1990) que ahora Ediciones Liliputienses reedita en España. Lo leí hace unos meses, por el placer de leer la obra de una autora que sigo y admiro. Habíamos coincidido en el Festival Magma y Andrea leyó un poema, “Stalker”, que me atravesó y me conmocionó intensamente. Tuve que leer todo el libro y al final resultó inevitable el impulso de comentarlo. Así que lo leí de nuevo en días pasados para reunir estas palabras, algunas mías y algunas de la propia Andrea, sobre el universo que es AEEC, la difusión de la poesía, Instagram, la traducción y ese ser vivo tan complejo y espinado que es el amor a veces.

A veces escribir está muy cerca de vivir, y vivir muy cerca del acto de escribir. Creo que es el caso de la poesía de Andrea. AEEC es un libro que se sostiene en la memoria de lo vivido. A veces la poesía sirve para dejar constancia, y este efecto suele afectar igualmente a quien escribe que a quien lee. Leo “…es verdad que estamos solos / cuando el mundo se parte en dos”, en uno de los poemas, y estoy de acuerdo, lo he sentido. Pero al mismo tiempo sé que no estoy solo, pues estoy leyendo en un poema a alguien que ha pasado por ahí. Entonces el espacio ya no es tan oscuro, y esto que digo no sólo es cursi: también es cierto. Esa mimesis será una constante durante mis lecturas del libro, esa cercanía con la voz y lo que dicta. Es cierto que la poesía es arte, técnica, uso consciente del lenguaje, etc. A veces también es compañía y conexión. Ambas importan, son necesarias. Ambas están presentes en AEEC.

Decía algo hace rato sobre la cercanía. En el libro, además de suceder en el terreno de lo contado (lo sentido), esa proximidad sucede en el terreno del lenguaje con que aquello se expresa. Lo particularmente difícil: que la claridad de la expresión poética no termine por desnudarse llana condescendencia hacia el lector. Una vez logrado, esto tiene una función doble: es poesía al mismo tiempo que es difusión de la propia poesía. Un poema que es claro se divulga a sí mismo, es su propio agente. Y que se consuma poesía, que esa sensibilidad se desarrolle, me parece fundamental por razones que no considero necesario aclarar. Andrea participa muy bien de ambos procesos, tanto en la difusión que implica cierto uso del lenguaje, como en su empleo (difusión ahora explícita) de redes sociales como Instagram. Es precisamente a través de esta red social que le escribo y le envío algunas preguntas:


Martín: En este texto, Belén Gache se refiere a las redes sociales como una “masa homogénea de discursos hegemónicos en donde priman la banalidad, lo masivo, la repetición, los estereotipos, el presente continuo”. Tú eres muy activa en Instagram (@andreamuriel_), ¿cómo vives esto?. ¿Estás de acuerdo con la percepción de Belén?. Si es así, ¿qué crees que puede hacerse al respecto?

Andrea: Me parece muy interesante su perspectiva, pero me deja pensando en si el buscar otro tipo de espacios "minoritarios, singulares, desterritorializados, clandestinos" aunque ayude a mantener al arte y los artistas apartados de la hegemonía, también pueda llegar a alejar al arte de la gente. Tal vez por eso creo que en mi actividad actual me encuentro más cercana a la idea de las fisuras de Derrida en donde podemos filtrar ideas subversivas incluso dentro de plataformas que ocupan un centro, como es el caso de las redes sociales. Se trata de una estrategia lenta, pero que me parece poderosa. Mi intención con la escritura no es hacer arte radical sino poesía que conecte con las personas, poesía que muchas veces no es aquella que nos enseñan en los talleres literarios hegemónicos, en las antologías poéticas canónicas. La verdad es un tema complejo y debatible, pero ahí es donde me encuentro ahora.

M: ¿En qué consisten tus charlas en Instagram Live con autoras?

A: #charlaylecturacon es un proyecto que me emociona muchísimo. Empezó por mi necesidad de platicar con mis amigas al inicio de este panorama pandémico y creí que era bonito aprovechar para difundir su obra, para tomarme en serio la lectura de mis contemporáneas y no leerlas sólo por encimita como siento que solemos leernos. Cada semana invito una autora diferente a quien previamente contacto, le pido sus textos, y en vivo hago un recorrido por su obra para encontrar aquellas obsesiones, inspiraciones, formas escriturales que componen sus intereses. No se trata de un ejercicio alabatorio, como suele suceder con las presentaciones de libro u otros encuentros literarios, sino de un ejercicio horizontal en dónde lxs espectadorxs pueden preguntar lo que quieran en tiempo real y las autoras nos cuentan de su vida con todo y sus miedos, la música que escuchan mientras escriben, cómo se acercaron a la literatura, de dónde surgen algunos textos u obsesiones, cómo es su proceso de escritura... En fin, me parece un espacio muy bonito que me emociona semana tras semana, pues he visto intereses súper cercanos entre ellas, y también poéticas muy distintas y fascinantes.

M: ¿Crees que en México existe un tabú hacia cierto registro asequible y cotidiano del lenguaje?. ¿Cómo sorteaste esa hostilidad hacia cierta idea de “lugar común” durante la escritura de AEEC?

A: Claro, en México hay prejuicios sobre muchas formas poéticas, es impresionante. Pero a través de años yendo de taller en taller, pasando por la visión de varios circuitos poéticos y acercándome a otras tradiciones, descubrí las muchas formas que puede tener la poesía y me encontré mucho más cercana a autores estadounidenses, argentinos, chilenos, peruanos, sobre todo a autoras mujeres. Eso cambió mi forma de escribir y también me hizo conocer que mis intereses iban justo en ese rumbo de lo cotidiano e íntimo. Incluso reconozco en mi escritura la intención de ensuciar un poco los textos, por dejar alguna rima interna o repetir palabras en un acto de rebeldía poética. Y bueno, no escribí A veces el amor es un cactus para satisfacer a alguna visión poética, me importaba encontrarme a mí, que por muchos años, y justo por la cercanía a ciertos grupos literarios, había escrito poemas en un estilo del que ahora me encuentro muy lejana. Y en cuanto a los lugares comunes, siento que también existe una crítica preconcebida hacia ellos. Por un lado, me parece que el amor es un tema que todos los poetas hemos tocado en algún momento, pero que cada uno puede darle un toque distinto pues nuestro foco sobre las vivencias lo son. Y, sin embargo, me parece imposible salir completamente de los lugares comunes por lo que prefiero abrazarlos por la posibilidad que abren para conectar con la gente y a partir de ahí hablar de las experiencias particulares y trabajar en la forma del poema.

M: Además de escribir, traduces. ¿Cómo se relaciona una actividad con la otra? Sé que pueden ser procesos demasiado colindantes, ¿percibes una relación clara?, ¿la exploras?

A: Lo que he traducido ha influenciado a mi escritura, definitivamente. Para mí la traducción es la manera más intensa de leer, la más cercana. A veces sólo traduzco poemas que me cautivan para sentirlos más cercanos a mí, para comprenderlos mejor no sólo en cuanto a significado, sino en cuanto a engranaje, en cuanto a sus mecanismos de escritura. Creo que incluso podría decirse que traduzco poemas del mismo español cuando me fascina alguna estrategia y la intento replicar, a mi modo y desde mi perspectiva, en mis textos.

M: El lenguaje de la cultura está determinado por los medios en los que se distribuye, en muchos casos. ¿Cómo toca el lenguaje y la sintaxis de la experiencia digital a los poemas de AAEC, a tu trabajo en general? ¿Hay más influencia de ese lado, o del habla, o de las lecturas? ¿Existe una integración de todas?

A: La verdad no lo tengo muy seguro. Yo escribí A veces el amor es un cactus en un momento en que no era tan activa en redes, al menos no de un modo literario. Ni siquiera tenía un blog. Mi poema “Stalker” que mencionas anteriormente habla de las redes sociales simplemente porque éstas forman parte de la manera en que nos aproximamos al mundo, pero no hay un lenguaje meramente digital en él. Incluso ahora en mis nuevos textos no podría decirte que encuentro una influencia. Pero bueno, supongo que estamos traspasados por esa experiencia digital así que probablemente exista de todo un poco. 

M: Una última cosa que he estado pensando un montón últimamente. ¿Que hablen de amor los terapeutas y los filósofos, o que hablen de amor los poetas?

A: Uff… Que hablen de amor quienes quieran hablar de amor. Y, en la misma línea, quisiera agregar que yo no creo que haya temas agotados, sinceramente. 


Y así, como polaroids tomadas en el momento preciso, los poemas-instantes de Andrea Muriel se apilan en torno a un tema. Se dice frecuentemente que es difícil escribir sobre el amor, que hacerlo es una lucha perdida de antemano. Andrea nos confirma que no es así. Y que a veces las mejores formas de ser disruptivos radican en no buscar serlo. En AEEC leemos al amor a través de un lenguaje muy vigente, referencias cotidianas congruentes con nuestro contexto, todo esto guiado por una punzante y aguda memoria capaz de suspender el vuelo celeste de los meteoritos o hacer una screenshot mental durante el proceso de putrefacción de ciertas cactáceas. Memoria que es dolorosa porque es necesaria, añadiría. Al amor-cactus de Andrea lo percibimos a través de un abanico amplio de ópticas: hay nostalgia, hay ironía, hay orgullo y esa magia extra-literaria que otorga la sinceridad. Esa sinceridad que acerca.  Sinceridad que importa mucho más que un texto pulido hasta el último detalle. Que el texto sea más como nosotros somos: con virtudes y vicios, con tics, muletillas, asimetrías. Pero no hay que confundirnos: ese ruido en el poema resulta mejor cuando es consecuencia de un cálculo que, en el caso de Andrea, es el fruto de muchas horas de lectura y escritura, eso se nota. Que el texto sea más como nosotros, pues, y que como nuestros rostros la poesía invada las pantallas. Así podremos vernos mejor en ella. Creo que lo necesitamos.


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