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Especie humana (Primera Parte)

Especie humana (Primera Parte)

Publicado el 2021-02-26 14:11:08

Michel Houellebecq publicó la novela Les particules élémentaires en 1998 (Las partículas elementales, traducción de Encarna Castejón, Anagrama, 1999). Las vidas en espejo de dos medios hermanos, el biólogo Michel Djerzinski y Bruno Clément, profesor de literatura y aspirante a escritor, corren paralelas hasta cruzarse y encarar sus diferencias, sus cualidades opuestas y complementarias, su antagonismo que teje un diálogo chocante y fragmentario. Michel muere, posiblemente suicida, en 2009, no sin antes enviar sus trabajos a la Academia de Ciencias de París y a la revista británica Nature.


En el Epílogo Houellebecq arriesga una reseña distópica de las investigaciones de Djerzinski, que revelan post mortem su genio científico y un alcance visionario a largo plazo. Leamos algunos pasos, sin perder de vista la cronología:


A finales del 2009, ya no cabía la menor duda: los resultados de Djerzinski eran válidos, se los podía considerar científicamente demostrados. Las consecuencias prácticas, por supuesto, eran vertiginosas: cualquier código genético, no importa su complejidad, podía reescribirse en forma estándar, estructuralmente estable, inaccesible a las perturbaciones y a las mutaciones. Cualquier célula podía estar dotada de una capacidad infinita de duplicaciones sucesivas. Cualquier especie animal, por evolucionada que estuviese, podía transformarse en una especie emparentada, reproducible mediante clonación, e inmortal.


Especie, transformarse, reproducible e inmortal son los términos clave de una secuencia que delata la pista y la fortuna de las conjeturas de Djerzinski. El concepto de inmortalidad, en una novela plagada por la muerte y que recorre un repertorio de ideas muertas, es el núcleo en torno al cual florece la teoría genética del protagonista. La transición desde la vieja humanidad, o simplemente el hombre, hacia una nueva especie que representa su desarrollo y perfeccionamiento, al mismo tiempo que su propia extinción, es la corriente que aviva cada párrafo de una fábula que, a posteriori, coincide con nuestro presente y oprime su horizonte. 


(…) la humanidad debía dar nacimiento a una nueva especie, asexuada e inmortal, que habría superado la individualidad, la separación y el devenir.


Desplazando la mirada del hallazgo literario al panorama social, más allá de toda hipótesis científica o fundamento antropológico, saltan algunas coincidencias entre la proyección a futuro de las conjeturas de Djerzinski y el contexto actual de Occidente. Si nos concentramos en los términos asexuada, individualidad y separación, tocamos en la experiencia diaria ciertas instancias avaladas, incluso, por el léxico y el orden institucional: la inscripción a un determinado servicio que prevé, en la “elección” del sexo, una tercera opción indicada con el pronombre indefinido otro, algo innombrado e innombrable, carente de una definición, de una taxonomía biológica efectiva, de una consistencia anatómica rotunda: algo anhelado por ciertos sectores progresistas como una meta, una aspiración ética y existencial. La humanidad ¿tiende a una nueva especie asexuada que haya superado la individualidad y la separación?


Houellebecq se adelanta y responde mirando atrás:  


Incluso si en la actualidad esas nociones nos resultan difíciles de comprender, hay que recordar el lugar central que, para los humanos de la época materialista (es decir, los pocos siglos que separaron la desaparición del cristianismo medieval y la publicación de los trabajos de Djerzinski) ocupaban los conceptos de libertad individual, dignidad humana y progreso. El carácter confuso y arbitrario de esas nociones les impedía tener la menor eficacia real, por supuesto; por eso la historia humana, desde el siglo XV al siglo XX de nuestra era, se caracteriza esencialmente por la disolución y disgregación progresivas; no obstante, las capas cultas o semicultas que habían contribuido, mal que bien, al establecimiento de esas nociones, se aferraban a ellas con especial vigor (…). 


En el surco de la Historia, entonces, podemos remontar a la crisis del Renacimiento, atribuyendo a la palabra crisis su valor etimológico y su impulso utilitario: elección, decisión, separación. El siglo XV, piedra angular de “la desaparición del cristianismo medieval”, marcó un cambio de ruta en las vías del pensamiento occidental, sentando las bases para la ciencia moderna y un ideal del hombre que comenzó a representarse como sujeto dinámico en la escena del mundo, árbitro y artífice del propio destino. La invención de la perspectiva, más que un método del arte, fue una revolución ideológica y moral. Valga un ejemplo para medir sus consecuencias. En la pintura medieval, la figura humana se recortaba como una silueta contra el fondo plano del espacio terrestre o el oro de la luz divina. Carecía de volumen, de sombra y movimiento no por ignorancia de recursos expresivos, sino porque aquellos recursos eran ajenos a la cosmovisión y no fueron materia de estudio: el sentido del hombre se iluminaba, se explicaba y se justificaba en función de su trascendencia, de la eternidad. La falta de espacio era falta de tiempo. La llegada de la perspectiva fue el síntoma del nuevo credo que afianzaba la vocación del hombre dentro del panorama histórico y social. Masaccio, en los frescos de la Capilla Brancacci de Florencia, realizados entre 1424 y 1428, dio el paso quizá más perentorio: las aureolas de Cristo y de los santos están pintadas en perspectiva, como una extensión física del cuerpo, un atributo anatómico, una luz que mana de la testa y no es alimentada por la virtud celeste. Si antes, dentro del nimbo resaltaba la cara del santo, ahora, siguiendo la geografía de los gestos y las acciones vemos cómo las aureolas se mueven, se inclinan, se adaptan a la vida material de los actores. Si antes la divinidad consagraba la sustancia humana, ahora el cuerpo humano irradia su divinidad.


Entre 1486 y 1487 Pico de la Mirandola redacta el Discurso sobre la dignidad del hombre, que a razón fue reputado un manifiesto de lo que su siglo legó a la humanidad. Leamos un fragmento:


Ya el sumo Padre, Dios arquitecto, había construido con leyes de arcana sabiduría esta mansión mundana que vemos, augustísimo templo de la divinidad; había embellecido la región supraceleste con inteligencia, avivado los etéreos globos con almas eternas, poblado con una turba de animales de toda especie las partes viles y fermentantes del mundo inferior, pero, consumada la obra, deseaba el Artífice que hubiese alguien que comprendiese la razón de una obra tan grande, amara su belleza y admirara la vastedad inmensa. Por ello, cumplido ya todo (como Moisés y Timeo lo testimonian) pensó por último en producir al hombre. Entre los arquetipos, sin embargo, no quedaba ninguno sobre el cual modelar la nueva criatura ni ninguno de los tesoros para conceder en herencia al nuevo hijo, ni sitio alguno en todo el mundo en donde residiese este contemplador del universo. Todo estaba distribuido y lleno en los sumos, en los medios y en los ínfimos grados. Mas no hubiera sido digno de la potestad paterna, aun casi exhausta, decaer en su última creación; ni de su sabiduría, permanecer indecisa en una obra necesaria por falta de proyecto; ni de su benéfico amor que aquel que estaba destinado a elogiar la munificencia divina en los otros estuviese constreñido a lamentarla en sí mismo.

Estableció por lo tanto el óptimo artífice que aquel a quien no podía dotar de nada propio le fuese común todo cuanto le había sido dado separadamente a los otros. Tomó por consiguiente al hombre así construido, obra de naturaleza indefinida, y habiéndolo puesto en el centro del mundo, le habló de esta manera:

“Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescritas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que son divinas.”

(Traducción de Adolfo Ruíz Díaz, UNAM, 2004)


El hombre, único ser inacabado, es la criatura que puede y que debe resolver en qué obra plasmarse. El hombre se hace eligiendo. Estar en el centro del mundo significaba ver la Historia como devenir, un organismo en continuo desarrollo, magma de fuerzas en atracción y colisión; por lo tanto, la mirada al pasado imponía otra disciplina y una severa revisión de su lectura, ya que portaba a una consciencia del presente como laboratorio del futuro. De nuevo, la perspectiva era una revolución moral que a través del espacio trazaba la parábola del tiempo. 


El hombre del Renacimiento, el hombre del siglo que inventó la imprenta y que cruzó el océano, que cimentó la Reforma y decretó que la filología y la arqueología eran ciencias aplicadas del presente para elevar, con regla y compás, el futuro… ese hombre que reconoció en su propia imperfección una valiosa facultad y su dominio, supo ver que la elección fragua la esencia.  


(Continúa) 


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