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La evolución social afectará la evolución humana de manera directa: Antonio Lazcano

La evolución social afectará la evolución humana de manera directa: Antonio Lazcano

Publicado el 2021-05-28 14:51:40
Antonio Lazcano se considera un bromista. Tiene el privilegio de integrar una familia con un gran sentido del humor. “Cuando era niño y me caía y me raspaba, mi abuela materna me veía henchida de amor filial y decía: el diablo siempre protege a sus sabandijas”. Recuerda a su abuela haciendo bromas todo el tiempo y fue ella quien le dio a leer a Somerset Maugham, un escritor divertido de origen francés. 
El biólogo mexicano sabe que hasta en los momentos más dramáticos el humor está presente. “Hace 30 años me estaba muriendo de peritonitis, en el Hospital de Nutrición, estaba en terapia intensiva y una mañana llegaron todos los médicos y los residentes a verme. Uno de ellos, un médico que quiero mucho, dijo: ¿apoco no parecemos los caballeros de la mesa redonda?, porque estaban todos alrededor de la cama. Yo no podía hablar, pero pedí papel y lápiz y escribí: a ti te parecerán los caballeros de la mesa redonda, a mí me recuerda a la Lección de Anatomía de Rembrandt, donde están todos los médicos viendo al muerto”. 
Especialista en evolución temprana y en el origen de la vida, Lazcano comparte conocimiento de una manera divertida y sin complicaciones. En entrevista para Al Viso, el científico, originario de Tijuana, Baja California, habla de cómo ha recorrido este camino llamado ciencia. 

¿Cómo se dio su primer acercamiento al estudio del origen de la vida?
Suena a broma, pero es cierto, yo le debo mi vocación científica al programa espacial soviético. Entré a la primaria en Estados Unidos y ya se estaba viviendo un momento de esplendor en la enseñanza de la ciencia, porque cuando los soviéticos pusieron en órbita el primer satélite, “Sputnik 1”, Estados Unidos se dio cuenta que estaba muy atrasado en la enseñanza de la ciencia, de las matemáticas, entonces hubo un esfuerzo brutal, verdaderamente brutal, para que el dinero fluyera de los gobiernos federales, estatales y locales para mejorar las escuelas. En ese momento todo mundo hablaba de la investigación espacial, en la primaria teníamos en cada salón microscopios, telescopios, terrarios, era habitual hacer experimentos. 
De niño tenía interés en la química, la astronomía y la historia del mundo clásico, del periodo grecorromano. Mi familia fomentó eso. Les pareció perfectamente natural. Cuando cumplí once años, mamá me regaló la versión completa de La Ilíada y La Odisea, y papá me regaló El origen de la vida de Aleksandr Oparin, entre otras cosas, porque papá es medio comecuras. Ese mismo año un tío me regaló un libro maravilloso, que todo mundo debería leer, Cazadores de microbios de Paul de Kruif, y el capítulo que más me llamó la atención fue el de Lazzaro Spallanzani, naturalista del barroco que hacía experimentos sobre la generación espontánea. De manera que cuando nos venimos a radicar a México, ya tenía definida una vocación científica oscilando entre la astronomía la química y qué se yo.

Como parte de su trayectoria académica estuvo en Filosofía y Letras y también en el Instituto de Astronomía de la UNAM. ¿Cuál fue la mayor enseñanza que le dejo su paso por estas áreas del conocimiento? 
Hasta la fecha la filosofía y la historia me siguen interesando, hubiera sido un pésimo filósofo, pero me hago la ilusión de que hubiera sido un buen historiador. Ninguno de nosotros va a poder describir jamás cómo fue exactamente el origen de la vida, cómo aparecieron los helechos o desaparecieron los dinosaurios, pero lo que sí puede uno hacer es proponer hipótesis que, en biología evolutiva, se llaman narrativas históricas. Que es exactamente lo mismo que hacen quienes se dedican a la historia, eso fue muy importante para mí. Y luego en astronomía, en la época que estuve, porque fueron 12 años en el Instituto de Astronomía, me di cuenta que lo que me interesaba eran las moléculas orgánicas del medio interestelar, moléculas como el metano, el amoniaco o el agua, que Oparin propuso como parte de la atmósfera primitiva. Con los astrónomos lo que más aprendí fue el teorizar. Fue una conjunción de incidentes, de anécdotas y de un contexto que estaba cambiando.

Ha mencionado, en algunas ocasiones, que su principal vicisitud en la vida es su falta de disciplina intelectual. Se considera disperso. ¿Por qué lo dice? 
Aprecio mucho la espontaneidad de lo creativo. Por ejemplo, cuando uno ve la libertad intelectual y creativa que tenía el grupo de los dadaístas, la frescura con la que proponían ideas, formas de arte, con la que rompían las convenciones, eso me parece absolutamente fascinante, pienso que atrás de esa frescura a menudo está la intuición. Y en ciencias, la intuición, que supongo que es estar viendo con el rabillo del ojo una serie de fenómenos, es algo que he visto en todos los grandes investigadores. Cuando hablaba con Francis Crick, con Oparin o Lynn Margulis, era la intuición tan fascinante lo que había detrás.
La dispersión que tengo es un problema real, es algo que me puede hacer entretenerme en una novela cuando debería estar pensando en terminar un artículo o concluir un trabajo. Lo que me ayuda mucho para evitarla es la responsabilidad con los alumnos. Con los estudiantes se tiene una obligación enorme, porque un alumno que entra al laboratorio está poniendo su proyecto de vida en mis manos, entonces tengo la obligación de disciplinarme, atender a sus necesidades y creo que es la gente que más me disciplina en la práctica, el reglazo nunca funcionó conmigo.

¿Los estudiantes son un impulso para seguir compartiendo conocimiento?
Cuando murió Isaac Asimov, que a mí no me enloquecía, porque no soy muy de ciencia ficción, pienso que con lo que hago es más que suficiente, Carl Sagan, también muy imaginativo, a veces excesivamente, pero eso es bueno en ciencia, escribió un obituario en la revista Nature, decía que Isaac Asimov democratizó el conocimiento.  Pienso que, con la divulgación de las artes, la literatura, las ciencias, lo que uno hace es democratizar el conocimiento y generar interlocutores. Cuando me paro frente a un grupo de estudiantes hay esa posibilidad de generar interlocutores, de saber que un alumno me puede hacer una pregunta para la que no tengo respuesta y me obligue a pensar. Se tiene que estar muy avispado para responder de una manera exacta, comprensible y satisfactoria.

Sus aportes en el estudio del origen de la vida, la selección natural y la evolución de las especies son muy importantes para la comprensión de estos temas. En ese sentido, me gustaría preguntarle ¿la evolución discrimina? , ¿realmente hay especies más evolucionadas que otras? 
La selección natural como uno de los mecanismos de la evolución, el gran descubrimiento de Charles Darwin, lo que hace es permitir la reproducción diferencial de los organismos, el ejemplo clásico es el de las jirafas de Jean-Baptiste Lamarck, si nace una jirafa con el cuello chiquito no va a poder alcanzar las hojas de los árboles, no se va a poder nutrir, se va a morir y los genes, ahora sabemos que esa es la explicación, los rasgos genéticos que estaban involucrados en ese cuello pequeño no le van a permitir perpetuarse. La selección natural es implacable. La selección natural no tiene un sentido moral, no discrimina, sino en términos del potencial reproductivo. 
Ahora los humanos, que esa sería la gran pregunta, estamos sujetos a la selección natural absolutamente, hace 50 mil años, sin mis anteojos, yo, que soy miope, no hubiera visto llegar un tigre dientes de sable y hasta ahí hubieran llegado mis genes, pero la evolución social es la que nos permite tener vacunas, la que nos permite tener gafas, la que nos permite desarrollar medicamentos y es la que finalmente afectará la evolución humana de una manera directa.

En su labor hay un compromiso social. ¿Cuál es el Antonio Lazcano que prefiere, el humanista, el científico o el divulgador?
Pienso que todas las personas que se dedican a las ciencias tienen la misma preocupación, algunos la expresan y otros no. Al hacer docencia y hacer divulgación mostramos nuestra preocupación por explicar lo que sucede, no he conocido ningún científico que no tenga preocupaciones sociales, políticas o ideológicas, quizá no coinciden con las mías, pero ciertamente la preocupación está. Dedicarse a la ciencia, ser científico, ser investigador, implica una vocación muy orientada, en un sentido, y rara vez se descuida el compromiso social. 
Marie Curie era una mujer brillante que seducía por su inteligencia y por su personalidad tan atractiva, en la Primera Guerra Mundial, con su hija y su dinero diseñó un auto con una máquina portátil de rayos X, estas dos mujeres que podrían haberse quedado tranquilamente en París o ir a otro lado para evitar los horrores de la Guerra, recorrieron el frente de batalla manejando para ver con rayos X como ayudar a los heridos y de esta manera salvaron multitud de vidas. Ese es un ejemplo de compromiso social muy claro. Cuando veo a los estudiantes de mi laboratorio, de licenciatura y doctorado, en estos momentos de pandemia y en otros, veo la preocupación que tienen por la gente enferma, por tratar de ayudar, ese es un compromiso social. Es la concreción de una actitud humanista y de compromiso con los demás. 
A veces la biografía de quienes están en la ciencia nos termina decepcionando, pero yo siempre he pensado que hay que evaluar los momentos más brillantes de la gente y juzgarlos en función de eso, así se amarga uno menos.

¿Cómo incorporar a la ciencia como un elemento importante de identidad cultural de México? 
Aquí déjeme decir dos cosas, en primer lugar, pienso que no ha sido responsabilidad de ningún gobierno, pasado o presente, el que la ciencia no se vea como parte de la cultura, creo que eso es un problema de la sociedad, que no le hemos exigido a ningún gobierno el que promuevan a la ciencia como parte de la cultura. Las únicas dos figuras relevantes en la vida intelectual mexicana que yo vi absolutamente decididas a reconocer lo anterior fueron Octavio Paz y Roger Bartra. A paz lo conocí y admiré profundamente esa libertad intelectual que tenía, todo el mundo tiene defectos, pero cuando lees el discurso de aceptación del Premio Nobel, te das cuenta que hay una realidad científica que forma parte de la cultura, que no se puede obviar. Aurelio Asiain, amigo mío, siempre me ha dicho que debo sentarme a concretar, lo que he pensado hacer, una antología discutida, analizada, de los textos de Paz, que tienen que ver con la ciencia. Con Roger Bartra tuve la oportunidad de trabajar en el Suplemento Cultural de La Jornada y su idea no era poner a la ciencia como un complemento, sino incorporarla como parte de la cultura. 
Pero sí hay una diferencia entre ambas, Claude Bernard en el siglo XIX decía que “el arte es el yo y la ciencia somos los nosotros”, las grandes teorías científicas siempre son finalmente la culminación del trabajo de generaciones y generaciones de personas que han pensado, mientras que en el arte no siempre sucede así. Sin embargo, cualquier definición actual de la cultura tiene que incluir a las ciencias.

Como sociedad ¿nos hace falta rebeldía intelectual, cultural y científica?
Pienso que sí. Creo que el papel fundamental de la escuela debe ser el desarrollo del pensamiento crítico, la actitud crítica va mano a mano con la rebeldía, pero desarrollar pensamiento crítico no significa generar actitudes nihilistas. Cuando uno ve a los grandes creadores, pintores, escritores, científicos, todos han sido en el fondo gente rebelde. Déjeme citar la frase de Savater que dice “yo soy un anarquista que respeta los semáforos cuando están en rojo”, una cosa es la rebeldía y otra cosa es el nihilismo suicida. Por ejemplo, en la Revolución Cultural china, que inició en 1966, no hubo rebeldía, sino una manipulación de los jóvenes para tratar de disimular el gran fracaso de Mao Tse-Tung. En José Clemente Orozco había un acto de rebeldía brutal y en Mozart también. En realidad, hay muchas formas de rebeldía. 

Este 2021 se cumplen cien años de la creación de la SEP, momento histórico en el que se impulsó la educación y la cultura para salir adelante, con sus respectivos cuestionamientos, después de un periodo revolucionario marcado por la muerte. En ese sentido, ¿Cómo enfrentar la postpandemia por coronavirus? 
Lo que podemos aprender de ese momento es la forma en que se encausan las energías creadoras, la conciencia de dejar atrás la devastación ocurrida. Fue un momento en el que hubo todo un proyecto cultural que no tuvo equivalentes en América Latina, en el que el Estado apoyó a la cultura, la literatura, la música, la puntura. No tendríamos el Huapango de Moncayo o a Blas Galindo, si ese momento.  Lo que se les quedó fuera fue la ciencia, porque la ciencia había sufrido una devastación brutal con la Revolución. Pero la ciencia necesitaba bibliotecas, microscopios, laboratorios, pizarrones, aulas, que no estaban disponibles y yo creo que ese fue una de las grandes omisiones en la historia de México.
Ahora lo entendemos de manera distinta, espero que tanto este gobierno como los que sigan, espero que nuestra sociedad se dé cuenta de que no podemos prescindir de la ciencia, no sólo para resolver los problemas prácticos, sino por el placer tan extraordinario que significa la ciencia como una actividad cultural.

¿Cuáles son los dos grandes mentores de su vida?
Una de ellas fue Lynn Margulis, una mujer absolutamente excepcional. Nos conocimos en el College Park, en Maryland, y cuando supo que era mexicano me empezó hablar de náhuatl, porque ella lo había aprendido en Tepoztlán. Lynn Margulis reformuló la idea de que la simbiosis juega un papel central en la evolución, pero relacionó la evolución de la biósfera con los cambios de la atmósfera y eso fue para mí una lección maravillosa, el ver la evolución de los organismos en el contexto de la evolución del planeta. Así lo reflejo en algunos trabajos que estamos haciendo en el laboratorio.
El otro gran mentor fue el profesor Aleksandr Oparin, Que era una figura prácticamente del siglo XIX y que tuvo periodos terribles en su biografía, pero que finalmente desarrolló una teoría del origen de la vida que, en esencia, hemos seguido desarrollando y creo que el mejor homenaje que le he realizado de alumno a maestro es el de tratar de actualizar su teoría.

Dos razones para ser científico
Uno, para transformar y orientar la curiosidad intelectual en algo concreto. Dos, porque hay un elemento extraordinariamente egoísta que es el poder comprender para uno, el tener el placer para uno mismo y satisfacer esa inquietud de cómo funciona todo, eso me recuerda el libro La naturaleza de las cosas de Tito Lucrecio. Y atrás de las cosas hay misterios, hay descubrimientos, hay preguntas y entenderlo da una satisfacción enorme. Hay que pensar en la ciencia no sólo en términos del utilitarismo, sino en el placer estético e intelectual. 

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