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El futuro remoto de YEAR MILLION

El futuro remoto de YEAR MILLION

Publicado el 2021-06-29 14:34:49

Una pareja y su hija, en un futuro remoto, sufren un accidente automovilístico. Desafortunadamente, la hija muere. Afortunadamente, los avances tecnológicos permiten una alternativa hasta ahora inusitada: la vida después de la muerte. Así inicia YEAR MILLION, mini serie lanzada por National Geographic en 2017. A medio camino entre la ciencia ficción y el documental, únicamente se produjo una temporada, que se puede ver a través del servicio de streaming Disney +. La historia de la familia del futuro, afroamericana por cierto, se intercala con intervenciones de científicos (Michio Kaku, Brian Greene), comediantes (Baratunde Thurston, Negin Frasad) y empresarios del rubro de la tecnología (Peter Diamandis, Ray Kurzweil). Esta mezcla de personalidades permite la fusión entre información y entretenimiento que hará digerible la discusión en torno a varios temas que considero importante traer sobre la mesa y que tocan al futuro de nuestra especie. 

En el primer episodio, dedicado al asenso de la Inteligencia Artificial, se traza una analogía con los primeros años de la aviación, con los experimentos iniciales de los hermanos Wright: nos dicen, estamos en esa etapa embrionaria. Se hace un repaso también desde los primeros desarrollos de IAs en los años cincuenta hasta las principales expresiones en la cultura pop que muestran a robots, frecuentemente rebelándose contra las voluntades de sus creadores los humanos. Decía antes que estamos en una etapa embrionaria de las Inteligencias Artificiales. Si bien hemos visto a computadoras vencer a humanos en juegos de mesa complejos, y tenemos en nuestros bolsillos teléfonos inteligentes, en la serie se afirma que no hemos visto ni una fracción del potencial que esta tecnología puede ofrecernos. Frecuentemente se afirma que uno de los rasgos distintivos de nuestra especie es la inteligencia y capacidad de pensar de manera compleja. De ser conscientes de nuestra propia existencia, de sentir y crear arte. Experimentos con robots del Departamento de Máquinas Creativas de la Universidad de Columbia, dirigido por Hod Lipson, pueden emular estas características que creíamos inherentemente humanas. Esto nos hace plantearnos la pregunta: ¿somos seres verdaderamente individuales, únicos, o nuestros comportamientos son programables y absolutamente determinables? 

Otra cosa que llamó mi atención sobre las Inteligencias Artificiales, y que se menciona en el primer capítulo de la serie, tiene que ver con la automatización del trabajo. Es cierto que eventualmente muchos de los trabajos que ahora se realizan los llevarán a cabo las IAs, se habla del 48% en los próximos veinte años (al menos en EEUU). De algún modo ya sucede, basta ver el ejemplo de los algoritmos de los sitios web en los que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo libre. Pienso que el problema no es que el trabajo se automatice, incluso que el trabajo termine por abolirse. El problema sería quién va a quedarse con ese capital, si lo trabajadores desplazados, ahora dueños de su tiempo libre, que podrán dedicar a actividades lúdicas, o si se lo quedarán aquellos que manufacturan los algoritmos o las máquinas. Tendría que haber un equilibrio justo en esa distribución, me parece. Finalmente, se establece la conversación en torno a la “singularidad”, ese punto en que las IAs superan en capacidades a la inteligencia humana y podrían rebelarse a los deseos de sus creadores. Si bien este es un terreno que la ciencia ficción ha abordado con frecuencia, una de las alternativas mencionadas en YEAR MILLION que me pareció más interesante fue la relacionada con los neuroimplantes: integrar la Inteligencia Artificial a nuestros cerebros biológicos de tal modo que esté siempre a nuestro designio. Esta colaboración, simbiosis, hibridación, además de significar nuestra manera más interesante de relacionarnos con la tecnología, redefiniría la idea de lo que es ser humano. 

El segundo capítulo de la serie tiene que ver con la extensión de la vida. De nuevo la familia que protagoniza la historia eje. El esposo y padre de familia se niega a prolongar su vida, a pesar de la insistencia de su esposa, que quiere pasar más tiempo a su lado. Él prefiere morir, a la vieja usanza. De algún modo la muerte es la motivación inconsciente detrás de muchas de las cosas que hacemos. Nos da un propósito, moldea la manera en que vivimos. Con la muerte fuera de la fórmula, cambia por completo la esencia misma de lo que significa ser humano… ¿o no? Desde hace mucho años hemos declarado la guerra no sólo a la muerte sino al envejecimiento. Sabemos que vamos a morir, pero lo aplazamos lo más que podemos. La esperanza de vida en este momento de la historia es más alta que nunca, y sólo se espera que aumente. Existen vacunas, tratamientos para la piel y cirugías plásticas, quimioterapias, transplantes de órganos, etc. La longevidad es tendencia. En el futuro habrá nanobots capaces de entrar en el torrente sanguíneo y revertir el proceso de envejecimiento trabajando sobre los telómeros del ADN, asegurándonos así la eterna juventud. La ingeniería genética podría permitirnos seleccionar los mejores genes para nuestra descendencia e incluso “hackear” nuestro código para eliminar nuestra “fecha de caducidad” asegurándonos así una vida eterna. 

Todo esto suena muy bien, pero hay más de una cosa que podría salir mal si se llevara a cabo, cuando la tecnología necesaria haya sido desarrollada. Una selección de los genes “buenos”, dejaría fuera a aquellos “malos”, originando una pérdida de la diversidad, una homogeneización de la sociedad que sería lamentable. Pongo un ejemplo que se cita en la serie: la neurodiversidad. Muchos de los grandes artistas de la historia han tenido rasgos que calificarían como “enfermos” o “desviados” y que bajo una selección de esta índole serían descartados y se perderían. Encima: el debate ético entorno a le eugenesia: ¿jugamos a ser Dios? Luego: ¿quién sí y quién no?, ¿quién puede pagarlo? Es claro que no todos los humanos serán capaces de costear un servicio de ingeniería genética para asegurar el mejor futuro para sus hijos, y esto generará una brecha de desigualdad mucho mayor a la ya existente. Mirémoslo así: los hijos de los miembros de la clase alta ya poseen una ventaja muy grande respecto a los hijos de la clase baja, pues pueden acceder a la educación de las universidades de paga, por limitarme a un aspecto específico. Encima, con la ingeniería genética de por medio, tendrán cerebros mucho más poderosos y cuerpos super-humanos. Suena peligroso.

Vamos a suponer que logramos, mediante todos estos avances tecnológicos, extender nuestras vidas significativamente, incluso vencer a la muerte. ¿Qué hacer con la eternidad? Hay quien dice que perderíamos toda razón y todo interés, pues la promesa de morir es nuestro principal combustible para levantarnos de la cama, para movernos de nuestra lasitud. Por otro lado hay quien afirma que no sabríamos qué hacer con tanta energía, que las posibilidades nos abrumarían y saturarían la mente. Lo cierto es que la inmortalidad sería impensable en un mundo sobrepoblado como el nuestro. Y no me gustaría pensar en una realidad en la que alguien tenga que decidir quién nace y quién no. 

La gran oportunidad de escapar. Este es el tema central del episodio tres de YEAR MILLION. De la invención del Atari al mundo de la realidad virtual han pasado solo cuarenta años. El avance es evidente y significativo, ¿cómo serán las cosas en este rubro dentro de otros cuarenta años? En la serie se afirma que la realidad virtual está todavía en pañales, pues es necesario aun colocarnos cascos y dispositivos estorbosos para adentrarnos en la experiencia. No pasará mucho, afirman los expertos, para que a través de, no sólo lentes de contacto, sino incluso neuroimplantes, podamos acceder a mundos virtuales cada vez más difíciles de distinguir de los que llamamos “reales”. Uno de estos posibles mundos, llamado Metaverso 1.0, un refugio digital ilimitado, un espacio donde podríamos conectar con todos los seres humanos, un lugar del que el videojuego Second Life podría ser un prototipo involuntario, capaz, según afirman, de liberar a la humanidad. En ese lugar podríamos, como en las redes sociales, ser aquello que no podemos ser en el “mundo real”. El siguiente paso, el Metaverso 2.0, implicaría dejar nuestros cuerpos atrás. En el Metaverso 1.0 jugamos un juego, tenemos un controlador en nuestras manos. En el 2.0, incorporaríamos nuestras conciencias a la nube por completo. 

¿Qué sentido tiene vivir si acabamos muriendo, inevitablemente? Acumulamos experiencias, aprendizajes, sabiduría, durante una vida, que después terminan perdiéndose. Más de uno pensará: “bueno, esa información puede trasmitirse”. Sí, se trasmite a otros individuos que también van a morir. O se publica en obras que de igual manera van a desaparecer. ¿Eternizar nuestras conciencias en la nube sería una alternativa?, ¿somos conciencia o somos cuerpo? Creo que somos una combinación de ambas y que al eliminar una de la fórmula, el equilibrio inevitablemente se pierde. Aunque hay una idea que se menciona en la serie que me parece interesante. En algún momento se afirma lo siguiente: que somos lo que somos más allá de la materia que nos constituye, sea materia orgánica o circuitos electrónicos. Da para reflexionar.

Supongamos que nuestras conciencias son transferidas a una supercomputadora. ¿Qué riesgos implicarían los crímenes digitales? Si en este momento el espionaje y el robo de datos nos erizan los cabellos, ¿qué pasará cuando lo que esté en peligro no sea nuestro historial sino toda nuestra historia, pensamientos, emociones? Cuando alguien pueda eliminar por completo nuestras mentes digitales de la red. Al final, siendo cuerpos o masas de datos, los humanos somos humanos, y los humanos cometen delitos. Homicidio, robo, acoso, aislamiento forzado. Tendría que haber órganos reguladores que se encarguen de estas cosas, si el futuro nos orillara a estas posibilidades. 

La comunicación es nuestro superpoder como especie, y es el tema eje del episodio número cuatro de la serie. En la actualidad vivimos en una aparente hiper-comunicación, dirigida por nuestros dedos, a través de pantallas. Nuestros ojos y oídos reciben la información. Cada vez usamos menos la boca para emitir mensajes. Lo cierto es que tanto labios como dedos se mueven mucho más lento que lo que tarda nuestro cerebro en procesar esos mensajes, en producir esa data. En la serie se especula sobre un futuro en el que, gracias a chips implantados en nuestros cerebros, sea posible algo similar a la telepatía. A través de internet, una comunicación directa que prescinda de intermediarios físicos. Pero, ¿cómo ponernos de acuerdo, si mi idea de una montaña puede ser tan distinta a tu idea de una montaña?, y ¿qué pasaría con la poesía si prescindimos por completo de las palabras? Seguro que se adaptaría a otra forma de arte, pero el proceso de adaptación sería largo y complejo. 

El tema de la privacidad llama aquí particularmente la atención. En una comunicación telepática, inmediata, ¿cómo decidimos qué revelar y qué no?, ¿quiénes y en qué momento tienen acceso a nuestros pensamientos y emociones, a lo más íntimo de nosotros? Nuestra intimidad podría erosionarse, como decía párrafos atrás. El robo de datos que existe ahora ha exhibido una destrucción del libre albedrío de proporciones preocupantes. Hace unos días el poeta Emmanuel Vizcaya publicaba en Facebook una actualización en la que expresaba una preocupación que varios compartimos: que su dispositivo estuviera leyendo su mente. Otro usuario le comentó algo que me pareció muy acertado: “no es que lea tu mente, lo que pasa es que tu dispositivo configura tu proceso mental gracias a todo lo que sabe de ti”. Podría parecer una exageración, pero es muy cierto. ¿A qué niveles podría escalar esto en una dimensión comunicativa telepática a través de internet?

Enseguida, en el mismo capítulo, se aborda el concepto de Inteligencia de Enjambre. Esto se refiere a millones de personas conectadas a través de la telepatía digital. El ejemplo más cercano para explicarlo son las abejas: una sola no puede encontrar una solución a un problema, pero juntas pueden solucionarlo. En caso de que la singularidad suceda, podría servir para protegernos de un brote de las IAs en nuestra contra Sin embargo, esto representa un riesgo: personas unidas con un fin nocivo, con intenciones negativas, que busquen dañar u oprimir. De nuevo: los humanos siendo humanos. Después, se habla de la Mente de Colmena, que se diferencia de la Inteligencia de Enjambre por la pérdida de la individualidad. En la Mente de Colmena se pierde por completo el ego, se asume una conciencia colectiva. 

Imaginemos que nos adentramos en esta conciencia colectiva, abandonamos el ego y el destino individual, en virtud de un propósito común que nos beneficie a todos. ¿Quién define y decide este propósito común?, ¿cómo estructuramos tal consenso? Sería maravilloso poder conectarnos todos y solucionar los problemas que aquejan a nuestra sociedad, porque es un hecho que todos juntos pensamos mejor que separados. Por otro lado, asusta pensar que podríamos estar sujetos a los intereses de alguien más, y que actuemos en masa siguiendo la agenda de alguien cuyas ideas no nos representen. Basta ver los ejemplos históricos de estados totalitarios que han engañado terriblemente a sus pueblos. O de sectas que han manipulado de manera atroz a sus integrantes hasta hacerlos cometer actos aberrantes. Es triste darse cuenta de que el fenómeno de la mente de colmena no siempre resulta en la utopía hippie que imaginamos cuando dibujamos el concepto en nuestras mentes. 

Una de las alternativas más recurrentes, cuando se habla de esquivar la inevitable extinción de nuestra especie, es la colonización del espacio. De esto se trata el quinto episodio de la serie. La terraformación es el proceso a través del cual se vuelve habitable un entorno antes hostil, inhabitable para el ser humano. Usualmente se utiliza este término para referirse a la adaptación de otros planetas para su habitación por la especie humana, pero ese fenómeno ha sucedido en el propio planeta tierra. Un ejemplo es lo sucedido en la Isla Ascención en los tiempos de Charles Darwin. Isla Ascención era un espacio volcánico poco propicio para ser habitado por humanos, pero junto a Joseph Hooker, Darwin la pobló de plantas y fauna que trajeron de otros sitios y eventualmente consiguieron crear mantos acuíferos y actualmente existen asentamientos humanos. El precio a pagar: la ecología propia del lugar. Lo mismo podría suceder si los humos decidimos lanzarnos a habitar Europa, la luna de Júpiter, que está constituida en su mayoría de agua. 

Una exploración de ese tipo, más allá de los límites terrestres, exigiría un gasto energético tremendo. Más allá de lo que los combustibles derivados del petróleo pueden ofrecer. Sin embargo, las estrellas producen muchísima energía. Un ejemplo: nuestro sol. Es por eso que Freeman Dyson propuso algo que, a pesar de sonar descabellado, podría representar una alternativa para proveer de la energía necesaria para las necesidades de nuestro futuro. Una megaestructura construida alrededor del sol. De hecho, construida alrededor de todo nuestro sistema solar. Esta energía aumentaría no sólo las travesías interplanetarias, sino también posiblemente las supercomputadoras que soportaran el metaverso donde habitarían nuestras conciencias digitales. ¿Cómo construiríamos esta estructura, infinitamente más grande que la tierra? Sería necesaria la minería de asteroides, de planetas. Pero, ¿de quién son los asteroides, los planetas? Y, ¿si en ese proceso nos encontramos con que alguien más reclama la propiedad de esos astros? Sin duda sería preferible habitar en un universo electrónico.

Es inevitable reflexionar en torno a la colonización. No cabe duda: la exploración espacial es colonización. Y la colonización puede involucrar violación a los derechos: asesinato, invasión. ¿Por qué volver a cometer el mismo error? Sin dejar de lado el impacto medioambiental, todos esos desechos que quedan flotando en el espacio. ¿Por qué no mejor concentrar nuestros esfuerzos en asegurarnos de que la tierra nos sobreviva? Es cierto de que quizás los efectos del calentamiento global sean irreversibles, y que los recursos que nos quedan será mejor repartírnoslos inteligentemente. Hagamos eso, suena mucho más sensato que soñar con viajes espaciales y con colonizar y establecernos en planetas ajenos cuando ni siquiera hemos podido resolver la situación con el propio. 

El sexto episodio de la serie explora más a detalle el tema de las expediciones a través del espacio. En la actualidad los astronautas enfrentan muchas dificultades físicas que les impiden pasar largos periodos fuera de la tierra. Es por eso que la NASA tiene una estación submarina destinada a entrenarlos para potenciar sus habilidades. Sin embargo, por más que se le entrene, las capacidades humanas poseen un límite que no tienen las IAs. Estas pueden durar millones de años viajando a través del espacio, reportar sus hallazgos e incluso colocar cápsulas en otros planetas para que nosotros las habitemos posteriormente. Cápsulas o incluso avatares, robots a los cuales transferir nuestras conciencias. 

Cuando pensamos en viajes a través del espacio, a nuestra mente llega la imagen de una nave espacial. Lo cierto es que para llegar los destinos a los que tendríamos que dirigirnos, haría falta viajar a la velocidad de la luz. Esto implicaría múltiples complicaciones, incluidas las relacionadas con la relatividad. En este sentido, los agujeros de gusanos representarían una ventaja considerable. Estos atajos en el espacio-tiempo, sin embargo, podrían dejarnos atrapados en el trayecto, no todo es tan sencillo como nos muestran las películas. 

Pero imaginemos que lo conseguimos. Que establecemos no una, sino distintas colonias humanas en más de un planeta. Necesitaríamos diversificar nuestro ADN. Una especie distinta para cada entorno. Evolución dirigida inteligentemente, según la exigencia ambiental. Suena descabellado, pero si lo pensamos, no son poco frecuentes en nuestra sociedad los tatuajes, las prótesis, los marcapasos, etc. De alguna manera ya somos humanos de diseño. Dicen que los seres humanos, a través y gracias a la tecnología, somos capaces de adaptarnos a cualquier ambiente. 

Finalmente, en la serie se toca el tema de los universos paralelos. Universos idénticos a los nuestros, separados de nuestra realidad, por una ligera membrana solamente. Quizás no hubo un único Big Bang, sino muchos Big Bangs simultáneos. Quizás nuestro universo es una burbuja en un infinito baño cósmico. Quizás cada decisión que tomamos, y sobre todo cada una que no tomamos, deja tras de sí un rastro de universos nuevos creados. Al final, sólo es una posibilidad. Al final, todo es posible. 

De la materia oscura no sabemos nada, pero sabemos que lo constituye todo. De YEAR MILLION sabemos que plantea temas muy interesantes, sobre los cuales vale la pena sentarse a reflexionar, pero es importante tener en cuenta que la serie es, antes que otra cosa, una pieza de entretenimiento. Que hay ciencia entre todo esto, pero es solo un ingrediente de la fórmula, y no el eje. Que se agradece que se siembre una que otra pregunta, pero que el fin último de esta producción es entretener, y se logra. Al final, si la curiosidad es implantada en los cerebros de los más inquietos, esa es una ganancia extra. El futuro es una incógnita y pensar en él siempre estimula. Más allá de la distopía o la utopía. Pensarlo de manera crítica. Pensarlo a partir del pasado, bien parados en nuestro presente. Ya veremos. Ya veremos. 



*Muchas gracias a Michele Estrada por su lectura atenta y comentarios puntuales


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