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La memoria del tacto

La memoria del tacto

Publicado el 2020-09-30 14:16:31

Estoy perdiendo la memoria del tacto. Miro mis manos y pienso que los últimos seis meses se leen borrosos en el cálculo de la densidad de otras pieles. Aprieto con fuerza mis puños para sentir el pulso de la sangre viajar por las venas. Me identifico con los memes que dicen: a estas alturas de la pandemia, ¿sabré abrazar?, ¿sabré besar?, ¿sabré coger? No lo sé de cierto, sólo espero que sean actividades que cuando se aprenden bien no se olvidan. Mi sentido del tacto se encuentra en estado de hibernación, y por ello quiero decir que nunca me había sentido tan asexual como ahora, en este 2020. Ante la imposibilidad de tocar y abrazar con libertad a mis personas queridas, el poder de la adaptación es un alivio. Mis deseos corporales son apenas una chispa. No imagino lo doloroso que hubiera sido desear tanto recorrer cuerpos con la fijación oral que acostumbraba y no poder. 


Tengo fe en que mi piel esté efectivamente dormida. Me asusta pensar que estos meses me han afectado permanentemente y me traerán, en consecuencia, severos daños a mi salud. Una vez leí (o vi, no recuerdo) que los bebés pueden morir en sus primeras semanas de vida si no sienten el abrazo y el calor de su madre. Que puede afectar tanto en su formación afectiva y hasta modificar las conexiones de empatía en su cerebro. Sentir la piel es el sentido más desarrollado de un bebé, y tal vez de cualquier persona, pues se trata del primer lenguaje. Una toca por instinto de supervivencia. Mi mamá dice que cuando nací me pusieron en una incubadora porque tenía ictericia. Es decir, que ya tenía un poco de experiencia en estar aislada dentro de una caja. Estoy segura que en algún lugar del internet debe existir un artículo que diga que las personas adultas que no abrazan a otras personas se mueren de un infarto. Y en lugar de acordar el toqueteo con otres o adoptar un perrito, hice lo que muches: suprimir el sentido del tacto y exacerbar el sentido de la vista. Mis ojos, de por sí miopes, están más cansados que nunca por pasar tantas horas frente a una pantalla. Imagino el peor escenario: si me da Covid-19, tendré anosmia, estaré medio ciega y sin tocar a nadie. ¿Me conformaría con solo escuchar?


El encierro se tradujo en una extensa privación del tacto que nunca hubiera imaginado. Al inicio de la pandemia, Michael y yo no sabíamos qué iba a pasar y, antes de que cerraran las fronteras, decidimos que cada quien debería estar cerca de su familia. Él se despidió de mi casa y tomó un avión a su país a finales de marzo. Pensamos que la vida nos reuniría en los siguientes tres meses. En aquel momento me parecía demasiado tiempo. Si alguien me hubiera dicho que esa cantidad se triplicaría no lo hubiera soportado. Desde entonces y hasta ahora, calculo que he recibido menos de una decena de abrazos, casi todos me los ha dado mi madre a la fuerza porque se resiste a no tocarme. Yo no he podido abrazar por voluntad, perdí la costumbre. También estoy perdiendo la costumbre de convivir con gente cara a cara. Cuatro horas a la semana me parece demasiado y, naturalmente, he limitado ese tiempo a frecuentar a mi familia. 


Estando aquí dentro de mi casa, sin tocar a nadie los últimos seis meses, he llegado a pensar que tal vez estoy sintiendo todo a medias, como en un simulacro, sin experiencia real. Al privarme del tacto me estoy perdiendo de la sabiduría de ser cuerpo y leer a otres entre aromas y pliegues. Mi periodo menstrual, que solía extenderse o acortarse por estar dialogando con otras hormonas, parece estático, rígido como un reloj, con la precisión de un arte marcial. 


Cuando empecé a notar la desconexión con mi cuerpo, me compré un juguete sexual de alta calidad para que hiciera por mí lo que yo no podía. Sé que estoy viva porque todavía tengo pulsiones sexuales unos momentos al mes pero, a decir verdad, por el momento no tengo la energía ni volición para hacerlo por mí misma y consideré que a mi edad merecía que algo más cumpliera con el servicio de masturbarme, así que compré un vibrador doble (punto g más clítoris) con silicona de grado quirúrgico y control remoto. En su primer uso me di cuenta que el juguete no era de mi tamaño. Yo mido poco más de metro y medio y los ángulos del juguete parecen estar diseñados para personas que miden 180 cms. Así que decidí darle sólo uso externo. No me quejo. 


El mes pasado, un sábado a mediodía, fui al Centro Histórico para colocar unos carteles que diseñé en la Casa Refugio de la CNDH. Una joven artista de nombre Haku, que conocí esa misma mañana y con quien pasé un buen rato, me abrazó a la hora de despedirse y me quedé pasmada, con la boca abierta y sin poder tomar aire. Un escalofrío bajó de la nuca hasta los pies y no supe corresponderle, es decir, no supe ser cuerpo. Tampoco creí necesario darle explicaciones. Fui el verso opuesto del famoso poema de José Gorostiza: sitiada en mi epidermis estaba fuera de mí. 

En un capítulo de la serie Cosmos, Neil deGrasse Tyson habla sobre la repulsión de los átomos. Entre protones y electrones, los átomos guardan distancia entre sí y nunca se tocan. Aquel capítulo insiste en que nada es tocado por nada. A menudo pienso en eso y las horas de sueño desaparecen mientras enumero por la noche, entre las cobijas de mi cama, todo lo que no toco. Es el ejercicio de ficción más grande e intenso que me permito mientras vivo una pandemia. Mi numeración, ligeramente nostálgica, me recuerda a la lista I Remember de Joe Brainard. Mientras cuento, cierro los puños de mis manos con más fuerza, las uñas lastiman mi piel y un hormigueo comienza a recorrerme hasta que dejo de sentirlas. Me veo a mí misma en este espacio gris, que es mi casa, donde nadie más me mira y siento que desaparezco. La vigilia del sueño en una cama tibia tienen algo de útero y es un buen lugar para esta actividad.


Las últimas semanas he pensado en adoptar a un perro para rehabilitar mi sentido del tacto y evadir ese futuro devastador donde un infarto me asalte a media noche por no tocar a nadie. Luego pienso que en un par de meses deberé mudarme y no deseo añadir un nivel más de responsabilidad a mi vida por ahora. Michael también quisiera una mascota, pero su vida es todavía más impredecible que la mía. Me promete que el día que volvamos a vivir juntes compraremos una planta y le llamaremos perrito. Sumerjo mi cara en la almohada y coloco mi cuerpo en posición fetal, pongo una almohada más delgada entre mis rodillas como último trámite para cerrar los ojos. Antes de quedarme dormida enumero cuáles de las cosas que toqué durante el día se podrían parecer a una piel. Me parece tan extraño y radical que los átomos no se toquen y aun así decidan permanecer unidos para constituir ecosistemas enteros o un grano de arena. Yo también busco mis maneras de permanecer unida a la gente que quiero aunque nos falte el tacto. Ser átomo define mis relaciones hoy en día. Las palabras son mis protones, neutrones y electrones. Su orden caótico me dan sensaciones, memoria y la promesa de ser cuerpo. 

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