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Cine, lenguaje, nueva iglesia (Primera parte)

Cine, lenguaje, nueva iglesia (Primera parte)

Publicado el 2020-11-30 15:04:16

Nací en 1964. Crecí en Italia. A finales de los 60, mi abuelo, clase 1898, me llevaba a un parque. Ahí, un buen día, dije que me gustaba la dolce vita. Mi abuelo quedó pasmado y de vuelta a la casa aseguró a mi madre que me mantenía lejano de cualquier contacto impuro, de toda influencia que pudiera depravar mi casto corazón. Mi madre le explicó que la dolce vita era un tipo de suéter de moda en esa época, que debía su nombre, en efecto, al film de Fellini, ya que un personaje, un aristócrata enervado, lo traía. Para mi abuelo La dolce vita era la expresión del pecado, del ateísmo, de la decadencia espiritual, del ataque al estado de Derecho, mayúsculo porque divino, supremo, inextinguible. La dolce vita era todo eso: cuando la película salió, en 1960, se abrió un debate que llegó al Parlamento; el Vaticano atacó, acusó, amenazó; la sociedad se enfrentó. Tres años después, Pier Paolo Pasolini fue condenado por “vilipendio a la religión de Estado” por La ricota y El desprecio de Godard circuló en Italia en una versión recortada de 20 minutos… Corría la década del gran experimento con la forma, una promesa de vital renovación, una palestra radiante del arte y las ideas del siglo XX.

En los 70 mi madre leía conmigo las reseñas de las películas colgadas en un tablón de anuncios fuera de la iglesia, que pronunciaban un “juicio estético” y un “juicio moral”, para darme permiso de ir a verlas, dependiendo de su grado de ofensa o de respeto hacia la doctrina pontificia. 

En los 80, en la universidad, estudiando la historia del cine, descubría con pasión y estupor las luchas que varios directores habían librado contra la censura tan sólo unas décadas antes. Y en años recientes: Último tango en París en Italia aún estaba prohibida, ya que en 1976 la película fue condenada literalmente “a la hoguera” y Bertolucci fue privado por cinco años de sus derechos civiles, culpable de ofender la moral pública. La sentencia alegaba la necesidad de proteger al “hombre medio que no ha leído a Sade, Bataille, Cèline, Hemingway, ni tampoco tiene por qué hacerlo.” Cuando logré ver una copia clandestina, antes de que la película volviera a la luz (en 1987 se dispuso su absolución y fue impresa nuevamente a partir del ejemplar conservado en la Cineteca Nacional en calidad de “cuerpo del delito”), apunté una estrella en mi orgullo de aprendiz, ya que casi nadie, en mi generación, había tenido ese privilegio. Así, en mi noviciado, investigaba cuántos cortes la censura había impuesto a un determinado director y fantaseaba sobre retos ya vencidos para burlar las normas de una cultura rancia. Los 80 fueron los años del sida, de la pornografía barata, del hedonismo institucional. Todo se valía. Pensaba con nostalgia, mi ingenuo yo escolar, en una época dichosa donde la batalla tenía un blanco, un enemigo definido, firme, prepotente, que trazaba las fronteras del bien y del mal y colocaba en la mirilla a sus guardianes, atentos, pacientes, obsesivos, para pillarte en fallo y someter a tortura cualquier expresión sospechosa o flagrante de culpa. La circunstancia imponía un ejercicio de alto rendimiento intelectual. Era la época beata que desataba el pasmo de mi abuelo, la condena de la Iglesia y del Estado, y una alerta constante de la sociedad.    

Luego la ola pigre del letargo sumió al Occidente en una resaca duradera, impía; la diosa Némesis fue reacia en despertar. 

Hoy, la nueva iglesia de la corrección política y las redes sociales, ¿es menos puritana, hipócrita, asfixiante, imperativa que la opresora teología de antaño? 

Hoy, la atención no está puesta en el párrafo impecable, en la lógica férrea de un guion, sino en la charla cotidiana, en un correo, en el mensaje de consumo inmediato, en un gesto funcional. La censura prescinde del método severo del cotejo y la exploración, del camino en reversa hacia la fuente de la idea; la condena escatima el argumento, es decir, el tiempo. Un tuit compartido puede alterar la estimación de una carrera, erradicar la razón en pos de un tumulto visceral, de una diarrea totalitaria de transmisión febril. Véase en cambio el criterio del fiscal en el juicio mencionado contra Pasolini: pidió que la sesión se llevara en un cine, para mostrar y analizar con la moviola cada secuencia incriminada. La arenga del abogado Pinard, que representaba la acusación en el proceso a cargo de Flaubert por falta a la moral y obscenidad, contiene párrafos de virtuosismo crítico e interpretativo: Pinard, cuando Madame Bovary aún olía a tinta y había salido apenas por entregas, supo ver la ruptura que su estilo marcaba en la técnica de composición de la novela; sus observaciones sobre el punto de vista canonizan no sólo el arte de Flaubert, sino el acta inexorable de su acusación.  

Hoy el jurado ha salido del área competente, la consigna releva el testimonio, el grito elude la sintaxis del razonamiento, el coro repite la letra de un libreto fusilado. Netflix etiqueta su producto con fórmulas tajantes como “sexo”, “consumo de tabaco”, “lenguaje inapropiado” a secas o en la variante exquisita “lenguaje ocasionalmente inapropiado”. Veamos qué código profesa: “A cada serie y película de Netflix se le asigna una clasificación por edad para ayudar a los miembros a tomar decisiones acertadas para ellos y sus hijos. Las clasificaciones por edad son determinadas por Netflix o por una organización regional de estándares.” Tomar decisiones acertadas, organización regional de estándares… El lenguaje ¿coincide con el vocabulario de los personajes? La grosería ¿es la paleta lexical? Y ésta, ¿es la materia prima distinta de su uso, contexto y graduación? ¿Lenguaje apropiado con respecto a quién o a qué? ¿Podemos delegar nuestro juicio a una didáctica integrada de suscripción mensual? ¿Blindar al menor, y al deficiente acreditado, para que todo se ajuste a su horizonte? 


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