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El arte de los sonidos

El arte de los sonidos

Publicado el 2020-11-30 15:17:17

La música en nuestras vidas tiene múltiples funciones: cuando nos sentimos enamorados puede ser una herramienta de cortejo, cuando estamos tristes es un bálsamo para el alma y si reímos ambienta nuestra atmósfera. Charles Darwin consideraba que el arte de los sonidos, ritmos, melodías y armonías no concedía ventajas en la supervivencia de los seres humanos desde el punto de vista evolutivo; sin embargo, esta manifestación sonora sí que estimula y provoca emociones.

¿Por qué sucede esto? ¿Qué ocurre en el cerebro cuando escuchamos música? Se sabe que los seres humanos nacemos dotados para apreciarla sin necesidad que alguien nos enseñe. Desde pequeños podemos distinguir los sonidos agradables de los que no lo son, los que nos gustan de los que no. Incluso nuestras primeras memorias son auditivas, desde las veinte semanas de gestación los fetos son capaces de responder al sonido de su madre y los científicos consideran que escuchar música desde el vientre estimula el desarrollo de la memoria a largo plazo. 

El psicólogo cognitivo estadounidense Daniel Joseph Levitin, en su libro El cerebro y la música. El estudio científico de una obsesión humana, asegura que cuando escuchamos música el cerebro percibe lo que se conoce como atributos o dimensiones múltiples, estos son el compás, la armonía, la tonalidad y la melodía, oír estos atributos requiere del uso rítmico y coordinado del cuerpo.  

En realidad, la música es un sonido organizado y para que sea emotivo requiere de un elemento inesperado que es el responsable de provocar emociones. De acuerdo con investigadores del Laboratorio de Cerebro, Música y Sonido de Canadá ocurre lo siguiente: una vez que el sonido impacta en el oído se transmite al tronco cerebral y de ahí a la corteza auditiva primaria, también conocida como A1, que es la responsable de procesar la información auditiva, en este sitio el sonido se convierte en impulsos que viajan a redes distribuidas en el cerebro destinadas para la percepción musical y para su almacenamiento. 

Es la base de datos que almacena los sonidos la que condiciona nuestra reacción frente a una canción específica, por ejemplo, cuando escuchamos una letra que nos gusta mucho en diferentes géneros podemos distinguir que la melodía no corresponde con la propuesta sonora original con la que nos identificamos y podemos sentir cierto rechazo o desagrado a esa versión. La construcción de expectativas y su posible violación en esta área cerebral es la clave para nuestra respuesta emocional. De ahí que lo que sentimos con la música esté relacionado con lo que escuchamos en el pasado. 

La música impacta específicamente en tres áreas del cerebro: el hipotálamo, el núcleo de accumbens y el área tegmental ventral. En ellos activa los centros de recompensa y placer. Cuando la escuchamos liberamos dopamina, el neurotransmisor que es el centro del placer y es vital en la regulación del humor. También liberamos serotonina, hormona producida por el sistema nervioso considerada la base biológica de la felicidad y es la responsable de emociones como la alegría. 

Y no olvidemos que nos conduce al movimiento y la flexibilidad, lo que ayuda a mejorar la circulación y a facilitar la función motora. Además, reduce los niveles de cortisol, la hormona relacionada con el estrés.  Quizá la música no nos permita defendernos de fieras u obtener agua para sobrevivir, pero el arte de los sonidos puede ser nuestra mejor aliada en el desarrollo de capacidades cognitivas y en momentos de ansiedad. 


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