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CINE, LENGUAJE, NUEVA IGLESIA (SEGUNDA PARTE)

CINE, LENGUAJE, NUEVA IGLESIA (SEGUNDA PARTE)

Publicado el 2020-12-30 14:55:58

André Bazin, el crítico que fue mentor de la generación de cineastas de la Nueva ola, en 1945 cerraba un ensayo memorable con esta frase: “Por otra parte, el cine es un lenguaje.” ¿Sigue siéndolo, hoy? Un actor social con la audiencia de Netflix, que tergiversa contenido y continente, ¿no ejerce un uso impropio del lenguaje? Tóxico, porque afecta la percepción y el sentido de quien lo experimenta. El afán de reemplazar el fondo por la superficie es la bandera que agita, en el viento del consenso, la liturgia popular del credo compartido; es un acto de fe en un mundo que se gloría de liquidar todo vestigio de la superstición y someter a una reforma inclusiva el viejo canon de la Historia. Es un síntoma evidente de la patología de nuestro tiempo: el desplazamiento del lenguaje desde el territorio variopinto y borrascoso de la complejidad a la pantalla uniforme del eslogan. Ese “lenguaje” desoye la voz que alimenta su respiro, que lo dirige, que marca un destino y que cultiva una formación. El lenguaje del cine no es el habla de sus héroes, no sólo; es una trama de ángulos, de luces, de cortes, de citas y aferencias culturales, de tiempo y de tempo, de silencio, es la garra y la mirada que pesca en el magma de la vida y que aflora salpicada: antes, ahora, mañana. 

La propiedad del lenguaje es la fortuna de un texto de cualquier orden y grado. Una palabra puede costar muy cara a un individuo, o a un pueblo entero. Renunciar al compromiso total que impone su elección es un golpe contra el pacto social que la palabra, aún antes de narrar, cimienta. La palabra es el puente que acarrea desde el yo al nosotros.   

El lenguaje, hoy, es el chivo expiatorio de la indolencia de masa frente al acto crítico de la interpretación. Tal vez sea una flaqueza crónica de toda sociedad, pero notamos como nuestra época, celosa de su laicismo frente a las cadenas religiosas e ideológicas de su propio pasado, hace uso continuo y manifiesto del “copia y pega” en las operaciones de la mente. Si durante milenios el lenguaje ha sido imitación del mundo y de las cosas, mímesis de la naturaleza y disciplina para entender o imaginar sus leyes, al presente se ha vuelto un instrumento pasivo que plagia sí mismo. Es el idioma depurado de la corrección política, asexuado, impersonal, ambiguo, incluso impronunciable cuando la incógnita sustituye la vocal, que es resonancia y ligazón de letras, pulso tónico del verbo, acorde, afinación. El lenguaje de la nueva urbanidad mutila la consciencia de su función primaria: reconocer, diferenciar, situar, asociar, articular… Entonces el lenguaje olvida su carisma, que es aglutinante, chamánico en su espontánea vocación de apego, para entregarse a la licencia ilusoria de la negación, a la fatua propaganda de sí mismo, a la ortodoxia de un decálogo infecundo. “En vez de limpiar su propio corazón –escribía Joseph Campbell en El héroe de las mil caras, en 1949–, el fanático trata de limpiar el mundo.” Diagnóstico exacto y visionario del guirigay contemporáneo.    

Otro ejemplo tomado del martirologio literario pone en resalto un elemento concreto del “lenguaje inapropiado”. 

El amante de Lady Chatterly, la novela de Lawrence publicada en 1928, fu prohibida en Inglaterra hasta 1960. La acusación de obscenidad hacía hincapié en el peligro de “depravar y corromper” al público más joven. Gerald Gardiner, abogado de la defensa en el proceso que libertó la novela, terminaba su arenga observando que la sociedad no puede fijar su nivel sobre lo que conviene para una persona de catorce años. Por su parte Lawrence, que respondió a la censura con el panfleto A propósito de “El amante de Lady Chatterly” (1930), lamentaba que los individuos de su época –entre dos guerras mundiales, visto desde ahora– se habían convertido en pequeñas entidades separadas, distantes. Si la “amabilidad” está al orden del día, observaba, todos deben ser amables; pero bajo esa amabilidad percibía la aridez del corazón y una mezquina falta de sensibilidad. Entonces, cada individuo acabaría siendo una amenaza para los demás. Intuición que declinaba, y hoy declina, en la esfera del lenguaje, auténtico imputado de su libro: la acusación insitía sobre “las palabras de cuatro letras” que plagaban la novela y Lawrence, que indicó la causa del mal en la abstracción del hombre y la mujer, en exilio de la unidad profunda, y advertía su síntoma en la hipertrófica presencia del yo, alegaba que la peor blasfemia contra la realidad fálica, la unión por medio del sexo como higiene personal y colectiva, era el deseo de suavizar su carácter. El lenguaje es apropiado, o es mentira.   

Proteger a la infancia, a las mentes frágiles o a las minorías, a todo ser desprestigiado, es un propósito noble y necesario; mas amoldarse a fórmulas mecánicas y vacuas oculta el problema bajo la máscara del conformismo de taquilla. La sociedad que abandera el lenguaje “incluyente” es la misma que rubrica en el producto “exclusivo” la escala del prestigio, que llama “buen fin” una estrategia comercial, que confunde el valor con el precio.

El lenguaje es impuro como la realidad: tiene manchas, brechas, tiene géneros y acentos, letras vivas, preferencias. El lenguaje no es ilustración, es el guion del pensamiento que sucede, un palimpsesto, la búsqueda incesante del sentido, es la puesta en escena de la diferencia y respira a través del diafragma delgado que conecta el yo con el nosotros en una genuina y posible comunión. 


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